Mi corazón late fuerte. Estoy emocionado. Siento algo indescriptible que me impacta profundamente. Los colores son intensos, percibo los olores como nunca antes, me siento íntimamente conectado con el entorno. Hay una alegría que me rodea y me hace feliz. Me siento amado, reconocido, impulsado a vivir en paz. Todo parece tener sentido, incluso aquello que hace unas horas era difícil de comprender. Es una sensación de plenitud que surge desde dentro y me sostiene. Estoy celebrando la eucaristía en la parroquia del Espíritu Santo de Barranquilla, en la misa de las 8 de la noche de uno de esos domingos en los que viví allí. Así describiría algunos de los momentos espirituales que he vivido en medio de la oración o de la celebración de algunos sacramentos. No siempre es así, algunas veces es menos intenso, pero igualmente pleno.

Creo que nos hace falta propiciar estos espacios. Ese es el sentido de las experiencias espirituales: vivir la gracia de Dios. No se trata de entretenernos, de cumplir una norma religiosa o de asegurar un estatus. Se trata de conectarse con lo más profundo de nuestro ser para conocernos, aceptarnos y amarnos más; de tomar conciencia de quiénes somos y qué queremos ser. Es una experiencia existencial.

Por eso, a veces creo que el énfasis en las experiencias religiosas se pone en lo accidental. Nada de lo que se vive en una liturgia o culto tiene valor en sí mismo, sino que debe llevarnos al encuentro con Dios. Por eso, no me sorprende que algunos hayan tenido este tipo de experiencias en espacios espirituales, pero no religiosos; como frente a un atardecer cuyos colores permiten la conexión con lo sublime.

Desde mi parecer teológico, las prácticas espirituales, con sus signos, lenguajes y rutinas artísticas, deben privilegiar al menos tres objetivos: 1. Encontrarse consigo mismo para tomar conciencia de las limitaciones y potencialidades que se tienen. Esto implica tomar control de uno mismo. No hay nada más profundo que saberse presente en un espacio y tiempo concreto. 2. Conectarse con los otros. En ellos está lo sublime también, por eso no vale la pena quedarse en una experiencia narcisista, sino trascender hacia los demás en forma de solidaridad, servicio, perdón y compañía real. 3. Tener contacto con Dios, que es lo totalmente otro, que se expresa en lo que vivimos y nos rodea, pero lo trasciende todo. Ese que es personal, pero más allá de lo que podemos imaginar.

Eso es lo importante para mí en lo que hacemos cuando nos reunimos a orar, celebrar los sacramentos o leer los textos sagrados. Eso es para mí una experiencia espiritual.