En las próximas horas los ciudadanos iremos a las urnas para elegir el presidente de los colombianos para el período constitucional 2026 – 2030.
Aspectos tan importantes como las relaciones del futuro presidente con el Congreso de la República, con los Estados Unidos y la Altas Cortes, marcaran el derrotero del nuevo gobierno.
Sea Abelardo, Cepeda o Paloma, el que gane la presidencia deberá lidiar con un congreso del que no tienen las mayorías, manejar con guantes de seda las relaciones con el presidente Trump, garantizar la independencia de las cortes y de los órganos de control.
En términos de lo que espera el país del presidente puedo afirmar que tres son los retos o desafíos inmediatos a su posesión.
Propender por la unidad de la Nación. Es decir, después de la elección el presidente pasa de ser candidato de un sector político a ser el presidente de todos los colombianos.
El presidente debe tener el tino para tender puentes de unión en procura de la tan anhelada reconciliación nacional. De no lograrlo, el país ahondaría una crisis de confrontación que impide el desarrollo, sosiego y estabilidad que el país reclama.
No menos importantes, la gobernabilidad derivada de la relación fluida con las bancadas políticas con asiento en el Congreso de la República. Pretender, acometer las reformas a la salud, agraria, minera, entre otras vitales para la Nación, sin las mayorías en el congreso significaría un fracaso anticipado de la gestión de gobierno.
Así mismo, el presidente deberá restablecer las relaciones con las altas cortes para fortalecer el principio de independencia de poderes y de frenos y contrapesos, como fundamento del sistema democrático de gobierno.
De otro lado, el presidente tiene la dura tarea de trabajar puntualmente por disminuir la desigualdad. No es meritorio que Colombia sea un de los 5 países más desiguales del planeta.
La seguridad rural y urbana es un desafío a la gestión de nuevo presidente. El Estado ha perdido la guerra con los grupos al margen de la ley, guerrilla, narcotráfico y delincuencia común.
La corrupción en todas sus manifestaciones debe ser perseguida y extirpada de la administración pública. El saqueo al erario debe parar. No es posible que se haya normalizado en todas las instituciones estatales la coima como medio de enriquecerse a costillas de la Nación.
Finalmente, el nuevo presidente tiene la cara tarea de formular políticas públicas más pertinentes con las necesidades sociales. De tal suerte, que sea Abelardo, Cepeda o Paloma, tiene la obligación de allanarse a los desafíos que le impone la coyuntura, obligándose a ser más grandes que sus propios egos.
@orlandocaba







