En estos días circula con fuerza en redes sociales una frase tan sencilla como poderosa: “Idiota es el que se pelea con sus mejores amigos por culpa de un político. Los amigos son amigos aunque piensen diferente”. Más allá de su tono directo, el mensaje encierra una verdad incómoda sobre el momento que estamos viviendo como sociedad.

La política, que debería ser un espacio natural para el debate de ideas, se ha convertido para muchos en un terreno de confrontación personal. Ya no se discuten propuestas: se juzgan personas. Ya no se contrastan visiones: se imponen lealtades. Y en ese ambiente, algo grave está ocurriendo: estamos poniendo en riesgo relaciones valiosas, amistades de años, vínculos familiares y la convivencia entre vecinos, por diferencias políticas que deberían poder tramitarse con respeto y madurez.

A esto se suma un fenómeno cada vez más evidente: el llamado “voto vergonzante”. Personas que prefieren no decir por quién votan, o incluso si van a votar, no por falta de criterio ni de interés, sino por temor al juicio social. La pregunta aparentemente inocente: “¿Por quién vas?” ha dejado de ser un ejercicio democrático espontáneo para convertirse, en algunos casos, en un mecanismo de presión que incomoda y condiciona.

Me cuentan amigos, vecinos y familiares que han vivido situaciones similares: conversaciones donde la diferencia de opinión no es bienvenida, donde expresar una preferencia política distinta genera incomodidad o, peor aún, distancia. En algunos círculos, esta presión ha sido normalizada hasta el punto de convertir el silencio en la opción más segura. Así nace lo que podríamos llamar un “mutismo electoral”, una forma de autoprotección frente a un entorno donde opinar distinto puede tener consecuencias personales.

Pero hay algo aún más preocupante: la creciente aceptación de una lógica excluyente. Se escucha con frecuencia, tanto en voz alta como en

conversaciones privadas, una idea peligrosa: “Si no votas por mi candidato, no eres de los míos”. Esa afirmación, que puede parecer exagerada, está permeando relaciones y debilitando la confianza. Es una forma de polarización cotidiana que rompe el tejido social, convierte la diferencia en enemistad y desvirtúa la esencia misma de la democracia.

Una democracia sana no exige uniformidad; exige respeto. No se fortalece con unanimidad forzada, sino con diversidad de pensamiento. La riqueza de una sociedad está precisamente en su capacidad de convivir en medio de las diferencias.

Cuando la política se convierte en una prueba de lealtad personal, deja de ser política y se transforma en presión social.

Este ambiente tiene efectos reales. Uno de ellos es la pérdida de credibilidad en las encuestas. Si una parte de la ciudadanía oculta su intención de voto, los resultados dejan de reflejar con precisión el sentir colectivo. Pero, más allá de lo técnico, el problema es más profundo: estamos debilitando la confianza, no solo en las instituciones, sino también entre nosotros mismos como ciudadanos.

Colombia necesita más conversación y menos confrontación. Necesita ciudadanos que puedan disentir sin romper, debatir sin descalificar y elegir sin miedo. Recuperar esa capacidad no es un lujo: es una necesidad urgente para preservar la convivencia.

En ese contexto, resulta válido y necesario que cada quien defienda su visión de país.

Para algunos y me incluyo, Sergio Fajardo representa una alternativa centrada en la educación, el conocimiento, la experiencia de gobernar bien y el respeto por lo público. Para otros, habrá opciones distintas, igualmente defendibles desde sus propias convicciones. Y eso está bien. De eso se trata precisamente la democracia: de elegir en libertad, no de coincidir por imposición.

Lo que no debería ser aceptable es que el costo de pensar diferente sea el aislamiento, la estigmatización o la ruptura de relaciones personales. La política no puede convertirse en un filtro que determine quién merece o no nuestra amistad, nuestro respeto o nuestra cercanía.

Quizás ha llegado el momento de recuperar algo básico pero esencial: el derecho a opinar sin miedo y el deber de respetar al que piensa distinto. De entender que un voto no define la calidad de una persona, ni debería condicionar el valor de una relación. De asumir que podemos coincidir en lo fundamental, el bienestar del país, aunque discrepemos en los caminos para lograrlo.

Porque, al final, cuando pasan las campañas, cuando se cuentan los votos y se disipan las emociones, lo que queda o debería quedar son las relaciones humanas, la confianza construida con los años y la posibilidad de seguir conviviendo en medio de nuestras diferencias.

Y perder todo eso por política, simplemente, no tiene sentido.

@BillyHe42512041