Rodeados de protocolo, comitiva y seguridad, viajan de incógnito en autos blindados a sembrar calumnias y a mentir con naturalidad. Llegan sonrientes, atraviesan auditorios y estrechan manos con fervor repentino. Hablan sin descanso, prometen reconciliaciones históricas y administran agravios con precisión profesional, mientras a su alrededor crece un público cada vez más dispuesto a insultar, simplificar y odiar por encargo. A estas alturas, el ambiente político es un interminable carnaval moral, donde cada grupo desfila convencido de representar la única versión aceptable del bien.

La culpa es del otro si algo les sale mal. Son proclives a jugar con cosas que no tienen repuesto y no recuerdan que en el mundo hay niños. La política ha dejado de ser un ejercicio de persuasión. Es ahora una competencia de demolición moral. Cada declaración parece diseñada para humillar al adversario, cada diferencia termina convertida en una prueba de corrupción o fanatismo, y cualquier matiz empieza a interpretarse como una traición.

Resulta que es lo mismo ser derecho que traidor. Ignorante, sabio, pillo, generoso, estafador; todo es igual, nada es mejor. Lo mismo un tonto que un buen profesor. Cualquier argumento pesa lo mismo que una ocurrencia y cualquier sospecha circula con la autoridad de un hecho comprobado. La experiencia incomoda, la prudencia aburre y el insulto suele recibir más atención que una idea bien construida. Entretanto, millones de personas aplauden o repiten consignas como si todo esto fuera otra temporada de una serie popular.

Hoy el noble y el villano, el prohombre y el tirano, bailan y se dan la mano sin importarles la facha. Las convicciones políticas parecen durar cada vez menos. Viejos enemigos descubren coincidencias repentinas. Todo puede negociarse, reinterpretarse o posponerse en nombre de una victoria electoral futura, bajo la mirada de los ciudadanos que observan esos giros con una mezcla extraña de desconcierto, resignación y entusiasmo tribal.

Buena parte de este espectáculo ya estaba descrito hace décadas, entre canciones mediterráneas y tangos amargos que entendieron muy bien ciertas miserias humanas. Cambian los nombres, los colores de las campañas y las consignas del momento, pero el libreto permanece casi intacto. Cada elección promete una transformación definitiva y cada una termina dejando más desconfianza, más resentimiento y menos capacidad para conversar con quien opina distinto. A veces pareciera que seguimos viviendo revolcaos en un merengue. Pero incluso en medio del lodo, al menos intentamos resolver nuestras diferencias con votos y no de otra manera.

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