Que si ‘Superñiño’, que si ‘Niño’ canónico. Más allá de cómo se termine materializando este fenómeno climático a lo largo de lo que resta del año en Colombia, lo cierto es que el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam) ya dejó claro que el país afrontará uno más severo que el registrado en el 2024.
Las alertas de la entidad están orientadas a advertir que los principales modelos climáticos muestran que entre mayo y julio hay una probabilidad del 61 % de que aumenten progresivamente las condiciones propias de ‘El Niño’, y llegarían a superar el 90 % para cuando llegue septiembre.
Aunque el fenómeno no afectará de manera uniforme a todo el territorio nacional, sí estará asociado en su mayoría a la disminución de las lluvias y una fuerte elevación de las temperaturas, sobre todo al finalizar este 2026, cuando se espera que el océano Pacífico se caliente eventualmente 1.5°C por encima de lo habitual.
Así las cosas, los efectos pueden ser muchos y en diferentes dimensiones, con un mayor riesgo de incendios forestales, oleadas de calor, que pueden afectar la salud pública con brotes de enfermedades como dengue y otras transmitidas por vectores; disminución de los embalses con el consecuente estrés hidríco que incidiría en la oferta de energía disponible y en la producción de agua potable, además de la merma en la producción de alimentos por cuenta de la sequía que golpearía al sector agropecuario.
A estos riesgos se suma el grave escenario de dificultades en el sector energético nacional que se ha venido advirtiendo y que ahora se agrava por la posible suspensión de los contratos de gas de Canacol Energy, cuya producción cubre el 17 % del suministro nacional y el 50 % de la demanda de la región Caribe, en donde la oferta de energía depende en gran medida de la generación térmica.
Mejor dicho, como reza el popular refrán: “Que entre el diablo y escoja”. Se configura una tormenta perfecta que pone en vilo la seguridad energética del país, sobre todo en el Caribe, donde dependemos en gran medida de las térmicas, que sin embalses a tope tendrán que trabajar al cien por ciento y con una alta probabilidad de perder la mitad del suministro que garantiza la producción de Canacol, sumida en una complicada situación finaciera que se dirime en una corte de Canadá.
El Ministerio de Minas ha informado que mantiene un seguimiento a la situación de la compañía y a las implicaciones en el país y en los usuarios y que hará todo lo necesario para protegerlos y garantizar la continuidad del servicio de gas tanto para el sector industrial como el residencial.
Así mismo, se anunció una hoja de ruta con 50 acciones estratégicas para preparar a la nación para afrontar el fenómeno de El Niño, tras la última sesión de la la Comisión Asesora de Coordinación y Seguimiento de la Situación Energética (Cacsse).
El plan incluye, por ejemplo, seguimiento permanente a escenarios de demanda eléctrica y abastecimiento de gas, revisión de esquemas regulatorios y medidas de confiabilidad del sistema, monitoreo a plantas de generación y proyectos estratégicos, coordinación técnica semanal entre entidades del sector, implementación de un tablero de control administrado por la UPME para seguimiento en tiempo real, entre otros puntos.
Ojalá esta hoja de ruta resulte efectiva por cuenta de la articulación y la planificación que debe existir con todos los actores involucrados tanto por el lado del Gobierno como del sector privado. Colombia no se puede dar el lujo de esperar que de forma espontánea o por la acción de una sola parte de los actores se afronte un fenómeno climático con la magnitud que se prevé para este 2026, sobre todo en el segundo semestre.
‘El Niño’ de 2023-2024, aunque fue menos intenso, dejó lecciones que no se pueden pasar por alto. En aquel entonces, la acción del propio mercado evitó un racionamiento, pero el país superó el fenómeno sin órgano regulatorio –Creg– conformado y operativo, y con un importante respaldo de las térmicas.







