Los choques entre Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia, candidatos presidenciales de la derecha, han acabado siendo una disputa frontal, abierta, por la supervivencia electoral en su camino a la segunda vuelta, a la que —de acuerdo con las encuestas— ambos tienen claras opciones de llegar. A 21 días de la decisiva elección, El Tigre y la senadora del Centro Democrático encarnan no solo dos estilos distintos de liderazgo, también dos narrativas en pugna dentro de un mismo espectro político: el outsider que defiende independencia total y dice no deberle nada a nadie y la política que reivindica trayectoria, partido y experiencia.
El problema no radica en sus diferencias, válidas en democracia, sino en que —en su pulso— la frontera entre contraste legítimo y degradación del debate se ha venido desdibujando peligrosamente, yendo del argumento al agravio y de la propuesta a la insinuación insidiosa.
El enfoque del candidato De la Espriella —“tú con los de siempre; yo con los nunca”— busca capitalizar el caldeado ánimo antipolítico que ya ha demostrado eficacia electoral. O si no, que se lo pregunten al presidente Petro. La postura de Valencia, que lo acusa de apostar por el odio y la confrontación como banderas, se dirige al electorado que valora estabilidad y coherencia. Sin embargo, más allá de las consideraciones de lado y lado, lo que se impone es una mecánica de enfrentamiento que privilegia el golpe emocional sobre la deliberación.
El episodio de los debates es revelador. Mientras Valencia insiste en contrastar propuestas, De la Espriella se distancia de un cara a cara bajo la tesis de no fracturar o maltratar una relación que podría necesitar instalado en segunda vuelta. Paradójicamente, esa prudencia estratégica convive con una ofensiva permanente en espacios digitales, amplificada por asesores y activistas, donde la desinformación ocupa el lugar de la discusión programática.
En el trasfondo de tan estéril pelea aparece la aritmética electoral. Ambos buscan asegurar su cupo para enfrentar al candidato del Pacto Histórico, Iván Cepeda, quien hoy lidera las encuestas. Pero en su carrera, corren el riesgo de infligirse daño, porque la confrontación no solo fragmenta, también debilita. Esa estrategia de oportunista guerra cainita no deja de ser temeraria, en vista de que la derecha requerirá de unidad. De ahí que hasta el mismo expresidente Álvaro Uribe, mentor de Paloma e inspirador político de Abelardo advierta que las diferencias deben tramitarse en el terreno de los argumentos y no en el del agravio.
Cabe preguntarse entonces, ¿si todo vale para sumar votos? Desde hace años, la política colombiana parece haber normalizado el cinismo, a tal punto que la palabra empeñada se relativiza, la coherencia se sacrifica y la polarización se explota como herramienta electoral. Lo de menos es pensar en construir alianzas o acuerdos programáticos y tender puentes de entendimiento respetuoso por un bien mayor en beneficio de la gente. Este solía ser dogma del evangelio político, pero cada día suma más apóstatas en la era del populismo emocional.
Ante una escalada de tensiones entre Paloma y El Tigre, que parece no tener techo, buena parte de los votantes de la derecha no ocultan su preocupación. Entienden que no conviene anatemizar por un mero cálculo electoral, otros le llaman ego, a quien —más temprano que tarde— tendrán que buscar para concertar o pactar y así impedir una frustración histórica.
Si la derecha aspira a disputar el poder, debería empezar por algo elemental, que es dejar de convertir el pulso electoral en una contienda de descalificaciones y coñazos. Si el camino a la segunda vuelta se pavimenta con ataques de fuego amigo sin control ni respeto, la pregunta ya no será quién ganará, sino qué quedará del debate democrático porque no hay proyecto político viable o estable que se construya sobre la negación sistemática del otro.
¿O será que Paloma Valencia y Abelardo De la Espriella no encuentran una forma más eficaz de sabotear el cambio político que aseguran estar forjando para echar a Petro del poder?






