En la cuenta regresiva de las elecciones del 31 de mayo y ante la imposibilidad insalvable —hasta ahora— de un debate con los candidatos que aspiran a suceder a Gustavo Petro en la Casa de Nariño, EL HERALDO, Canal 1 y Acento Colombia celebraron, este martes, en el teatro de la Universidad Simón Bolívar, el Gran Debate Vicepresidencial desde las Regiones.
Fue un espacio participativo, plural e inclusivo con nueve candidatos —once habían sido invitados en total— para escuchar las propuestas de sus campañas en temas que interesan a los ciudadanos: salud, seguridad, empleo, energía, educación y lucha contra la corrupción. Hubo quienes brillaron con posiciones firmes, otros confirmaron su valía y, por supuesto, no faltaron los que garantizaron intensa munición política para generar gran controversia.
Como era de esperarse, el debate público no escapó de la polarización o crispación política, un fenómeno cada vez más evidente en esta intensa contienda electoral, marcada por un deterioro de la convivencia democrática que no solo contamina el ambiente, sino que tiene el potencial de distorsionar el voto. Esta estrategia deliberada desplaza el eje de la discusión desde las propuestas e ideas hacia la confrontación emocional, convirtiendo la deliberación en una pugna antes que en una evaluación rigurosa de las soluciones que el país demanda.
Esto no es gratuito ni espontáneo. Sectores políticos, insertados en la lógica del populismo, lo de menos es si son de derecha, izquierda o centro, entendieron que movilizar emociones profundas de los votantes —rabia, resentimiento, temor o indignación— les resulta más rentable electoralmente que dedicarse a defender sus iniciativas. El libreto es bien conocido.
De hecho es el mismo que el actual gobierno ha usado desde su primer día: simplificar la realidad en bandos irreconciliables, caricaturizar al adversario hasta transformarlo en un enemigo moral, saturar el debate con agravios, descalificaciones e improperios y exacerbar tensiones para fragmentar al país, capitalizando votos desde la emoción y no desde la razón.
En medio de tanto ruido, las propuestas quedan relegadas a un segundo plano o, aún peor, desaparecen y las campañas se reducen a ser campos de agitación. Parece que sin odio, la política no les alcanza. Y ese es el problema de fondo, porque los ciudadanos se reflejan en un espejo, donde la confrontación salta del escenario de los candidatos que se atacan y enseñan los dientes como perros de pelea, y aterriza en la vida cotidiana de las personas para dividir familias, enfriar amistades y hacer de los espacios laborales terrenos minados.
Al final, el ciudadano termina votando contra alguien, no a favor de un proyecto político. Se premia la retórica más estridente, que casi nunca es la que tiene la razón, en vez de la viabilidad de las ideas, habida cuenta de que cuanto más polariza un candidato, mayor visibilidad obtiene. Así las cosas, los problemas reales del país pierden centralidad ante la urgencia de derrotar al contrario: calculada artimaña en la que los medios también caemos.
Colombia paga un alto costo por esta distorsión. Sin debate programático, no hay mandato claro; sin mandato claro, la gobernabilidad se debilita. Luego llegan la frustración y el desencanto, porque las promesas implícitas de la campaña —basadas en emociones— no se traducen en políticas públicas eficaces. La deriva de negarse a asistir a los debates o de agredir a los demás para hacerse notar en ellos empobrece la democracia. Reduce la política a un reflejo emocional e inhibe la evaluación crítica que exige una elección presidencial. Además, crea un espejismo, al hacer creer que elegir es tomar partido en una batalla moral, cuando en verdad debe ser un análisis sobre capacidades, equipos, programas y resultados.
Reencauzar la discusión es urgente. Los candidatos están obligados a salir de la trampa de la polarización para someter sus propuestas al escrutinio público con precisión, metas y tiempos. El mismo que se les agota. Y los ciudadanos deben exigirlo, también los medios, para poder contrastar sus propuestas, en una demanda de coherencia. Porque elegir no puede ser un acto visceral. En un país atravesado por múltiples crisis, votar con la cabeza —y no solo con la emoción— se convierte en la única garantía de no equivocarse una vez más.







