La Loba, la reina, la de las caderas que no mienten, como la quieran llamar. A veces las palabras no alcanzan para describir a Shakira. Lo que hizo en Copacabana es de una dimensión que desborda cualquier adjetivo. Fue un acto monumental, de esos que reconfiguran la manera en que entendemos la música, el espectáculo y el alcance de un artista latino.

Dos millones de personas frente a un escenario en Río de Janeiro, cantando al unísono, vibrando con un repertorio que lleva más de tres décadas atravesando generaciones no es algo que se pueda ignorar. Para que se haga una idea, Barranquilla, su origen, proyecta poco más de 1,2 millones de habitantes en su zona urbana –según datos del Dane– y Shakira convocó casi el doble de su casa en una sola noche. Eso es de leyendas.

Y en esa escala, compitió y superó referentes que durante años marcaron la industria. La barranquillera dejó atrás la convocatoria de Madonna en 2024, cuando reunió 1,5 millones de personas en ese mismo escenario, y quedó a un paso de las cifras alcanzadas por Lady Gaga.

El impacto económico también fue fenomenal. El concierto movió cerca de 160 millones de dólares, logrando construir el escenario más grande en la historia de este tipo de eventos en la ciudad, con una plataforma de 1.500 metros cuadrados.

Eso no es un golpe de suerte, es una construcción de décadas. Es haber abierto camino cuando el español no dominaba las listas globales, haber transitado del pop al rock, del inglés al español, del MTV de los noventa al streaming de hoy, sin perder la esencia.

Y esa permanencia es la que explica por qué en Copacabana no había un solo público. Había generaciones enteras. Personas que crecieron con Estoy aquí, que bailaron Hips Don’t Lie, y otras que sanaron con sus canciones más recientes.

La artista entendió que su historia también es la de millones. Sus caídas, sus reinvenciones, su manera de levantarse no se quedaron en lo privado. Las convirtió en voz para muchas mujeres que hoy se ven reflejadas en ella.

Al dedicarles el concierto, Shakira habló desde una narrativa que ha venido consolidando en los últimos años. Cuando afirmó que, aunque solas puedan sentirse vulnerables, juntas “somos invencibles”, está conectando con una realidad palpable en América Latina, donde millones de mujeres sostienen hogares, enfrentan adversidades y encuentran en la resiliencia una forma de avanzar.

Tal como ella lo dijo, durante décadas, las mujeres fueron retratadas como devotas del hogar, silenciosas, sumisas, pero hoy la imagen es otra. Son capaces de tomar decisiones, liderar proyectos y criar a sus hijos solas si es necesario. Esa es la Shakira de ahora, la que entendió que tocaba seguir, incluso cuando el contexto no era el mejor.

Todos los latinos querían estar ahí, ser parte de ese megaconcierto que ya es historia. Y en medio de la euforia, muchos se hicieron la misma pregunta: ¿Por qué Brasil? La respuesta es que fue uno de los primeros países que le abrió las puertas cuando apenas comenzaba, cuando su nombre aún no pesaba en la industria y recorría ciudades en escenarios pequeños y medianos tratando de hacerse un lugar.

Por ello, hizo que estuvieran presentes artistas como Caetano Veloso, Maria Bethânia, Anitta e Ivete Sangalo. No había mejor manera de reconocer su cultura y de entender el escenario en el que estaba.

Ninguna otra latina había pisado con tanta fuerza la arena de Copacabana. Shakira no solo llega con el peso de ser la artista femenina con más premios Grammy Latino, sino con una trayectoria que supera los 70 millones de álbumes vendidos. Y, en ese contexto, Brasil aparece como el escenario simbólico para cerrar su gira latinoamericana, un tour que ya venía rompiendo récords con más de 421 millones de dólares recaudados.

La reina del pop latino sigue facturando, pero lo suyo va más allá de los números. No se rinde, alza la voz por las madres solteras y hace de las cenizas cifras históricas. Obrigado, Brasil, por acoger a una Loba que hoy está en otra dimensión.