Con corrupción es casi utópico pensar en la Paz
En Colombia mucho se habla de la corrupción y como sociedad somos (muy) dados a expresar nuestro rechazo contra todo acto que consideremos deshonesto, inmoral o perverso; no es suficiente con exponer narrativas que condenan al mundo entero de corrupto, y salvan la imagen individual. En tiempos electorales es común (y lamentable) escuchar más ataques que propuestas claras. Se establecen unas posturas moralistas de seudoperfección y verdad absoluta, que solo llevan a saciar la necesidad – de tener la razón – es claro, que no por condenar a los demás, se logra inmunizar la corrupción (ojo al dato).
De esta manera, no basta con reconocer que robar es corrupción, que no hacer buen uso de los recursos o ser negligentes en la administración de estos, también lo es; si perdemos el foco del asunto, cuando acomodamos las razones para condenar o absolver determinada situación, corrupción es corrupción, y no puede disfrazarse de aprobación si es el compadre, el amigo o el familiar quien comete dicho delito.
La corrupción es un delito, aunque de lo robado nos “beneficiemos”, aunque sus intenciones (supuestamente) sean las mejores o se acomode a cualquier flexibilidad cargada de subjetividad, lo mal hecho no puede nunca disfrazarse de “Ellos roban, pero hacen”, robar es paralelamente matar esperanzas, privar a muchos de la garantía de sus derechos e incrementar brechas sociales y violencias.
En este sentido, todo acto corrupto tiene un alto impacto que muchas veces no hacemos consciente y no hablo solo de las grandes obras que se roban, también de la resma de papel que cualquier funcionario toma de una oficina pública para llevarse a casa, es que robar, engañar, sacar provecho particular sobre el colectivo no merece ningún adjetivo “piadoso” o minúsculo, desde cualquier orilla que se practique es grave.
Por ello, el título escogido para esta columna remite a reconocer que todos y todas tenemos herramientas para frenar la corrupción y dicho en palabras más alentadoras, tenemos la capacidad para crear una cultura de transparencia; des-corruptizar es la antítesis de todo acto de corrupción, no podemos afirmar con el descaro propio de intereses individuales que “juzgan al que se robó 5 pesos y no al que se ha robado 50”.
Des-corruptizar a Colombia implica también dejar de actuar con odios y retaliaciones y para poner un ejemplo, de lo que sucede en mi tierra La Guajira no se puede seguir aplicando la condena de “que si no me diste el contrato busco que te persigan, que, si te cambiaste de grupo político también”, es concentrarnos en lo importante y en lo constructivo y dejar de perder el tiempo en cortinas de humo que van desde el chisme básico de barrio hasta el daño a la imagen de los demás.
Las crisis políticas, sociales o económicas que padece el país no pueden ser solo un boom mediático, mientras diversos factores como la inseguridad o la pobreza extrema nos lapidan; algunos siguen empecinados en las divisiones de corrientes políticas, en perseguir al que no les agrada y de alegrarse porque a ese que no les cae bien le emitieron orden de captura o lo destituyeron de su cargo de poder; por ello afirmo que a los colombianos nos falta reaccionar y unirnos, dejarnos de atacar como caníbales (primitivos) que solo se disponen a saciar las necesidades particulares a pesar del daño a otras personas y empezar a desnormalizar todo acto corrupto.
Como ciudadanía deberíamos aprender a pasar del señalamiento a las acciones transformadoras, tal vez este último acto, encierre de manera amplia la categoría que propongo de –Descorruptizar– el país, porque no hacer nada también aplica como corrupción.
@facostac








