Con una voz grave y seca, el docente decía: “Eso lo veremos cara a cara, el día del examen”, mientras con su dedo índice se ajustaba las gafas encima de la nariz. Así recuerdo mi primer encuentro con el padre Luis Eduardo Trujillo, quien fue mi profesor de latín, liturgia y griego. Él insistía en la importancia de las evaluaciones orales, creía en que cada estudiante tenía que expresar lo que sabía con claridad, argumentación y calidez.
En mi primer examen de latín, llegué al aula de clase en la que estaba él sentado en su escritorio, con sus libros y su actitud amable pero seria. Abrió un libro en latín. Señaló un texto y me pidió que lo leyera en voz alta. Luego, debí traducirlo, tras un análisis gramatical. Él preguntó por las razones de mi traducción, corrigió alguna frase. Enseguida me dio un texto clásico en castellano para que lo tradujera al latín. Hizo las correcciones y mirándome con amabilidad me dio la nota. Sonreí. Me había ido mal y salí del salón con satisfacción.
Hoy, cuando la influencia de la tecnología con sus nuevas herramientas cuestiona la manera de evaluar y algunos proponen evaluaciones orales, agradezco esos ejercicios con el padre Trujillo, en los que aprendí no sólo a exponer mis conocimientos con claridad, sino a escuchar argumentos contra mis afirmaciones, entender que podía replantearlas y aprender a corregirme.
En el presente, el debate ha dejado de ser un espacio de encuentro para convertirse, muchas veces, en una disputa entre quienes se asumen dueños de la verdad. Ya no se busca comprender ni argumentar, sino imponer y descalificar. En ese ambiente, la violencia termina ocupando el lugar de las razones. Por eso, las evaluaciones orales forman en la difícil tarea de sostener una idea, escuchar la contraria y permanecer en el diálogo sin renunciar a la dignidad.
Requerimos aprender a sentarnos con el otro reconociéndolo como un sujeto capaz con el que podemos compartir ideas para crecer juntos. No vale la pena insultar al otro cuando se puede exponer razones lógicas, coherentes y demostrables. El otro tiene tanta dignidad como yo, así crea que está equivocado.
Tal vez lo que mejor me preparó para el debate es ver cómo me había equivocado en alguna declinación y que no lo podía negar sino solo entender dónde había estado el error. Ahí no valía dejarnos arrastrar impulsos emocionales, los sesgos o los fanatismos. La razón era la única posibilidad de relación.
La tragedia es encontrarse con personas que no buscan debatir, sino imponerse. Frente a ellas, vale la pena exponer razones, pero también entender que a veces lo más sensato es retirarse en silencio.
@Plinero


