Ustedes disculpen lo reiterativo en este asunto, pero la culpa es de la medicina que me enseñaron y que se basa en unos principios que permiten una valoración de los aspectos fundamentales que sirven para medir el estado de salud o enfermedad, siendo el primero la observación, que brinda información acerca de la condición física general de las personas y su funcionamiento.

A veces quisiera estimular únicamente el cerebro derecho y decirle que suba el volumen del vacile para ver si calmamos al pesado cerebro izquierdo que todo el tiempo se la pasa con la pensadera en el monotema que me acompaña la mayor parte del día: el cerebro y el cuerpo de los niños y las niñas cambiaron y representan un reto para nosotros como sociedad.

En la mayoría de casos la entrada al consultorio es espectacular, ven el sofá y se lanzan en un clavado que termina en una pose incómoda en el mueble; en adelante, adoptan una de dos conductas, se mueven de forma permanente o adoptan poses extrañas con evidente flaccidez, en las que pueden estar largo tiempo. Todos tienen antecedentes de malas posturas, fatiga muscular fácil, se cansan al escribir, letra ininteligible, lentos para escribir, siempre terminan de últimos o no terminan; dispersos, inatentos, les cuesta permanecer concentrados en una actividad, ninguna capacidad de espera.

La mayoría tiene coeficiente de inteligencia promedio, algunos brillantes, pero resulta contradictorio que su rendimiento académico no sea el mejor. Esto se expresa en dificultades para la lectura y la comprensión lectora, un alto porcentaje evita leer, o sus padres les leen y explican.

Todo esto tiene consecuencias. Los profesores se ven apurados para controlar su inquietud o dispersión y solicitan valoraciones y recomendaciones de especialistas para implementar las adecuaciones curriculares dentro del programa PIAR o, en el peor de los casos, un acompañante en la jornada escolar para que puedan terminar las actividades. Los padres pasan llamando a los otros alumnos para ver qué tienen para el día siguiente.

Los centros de terapias pasan saturados con esta cantidad de chicos y chicas que deben asistir a diversos modelos de atención durante meses y, en muchos casos, son medicados para intentar controlar sus conductas y funcionamiento.

La sumatoria de todos esos factores representa una carga para los padres en cuanto el tiempo que deben dedicar a atender las demandas terapéuticas, incluso, a nivel económico para la asistencia a las terapias, o dinero extra para pagar los refuerzos y cualquier cantidad de materiales.

Esto va a seguir aumentando. ¿Qué vamos a hacer?

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