Hace dos años publiqué una columna sobre Kafka con motivo del centenario de su muerte, la titulé El desaparecido, me parece que comenzaba así: «El hombre que, estragado por la inanición y la tuberculosis, recibió hace cien años una piadosa inyección letal de morfina en un sanatorio a orillas del Danubio, se llamaba Franz Kafka Löwy y no llegó a cumplir 41 años».
Dos años después de su fallecimiento, la editorial Kurt Wolff publica en Múnich la novela El castillo, a expensas de Max Brod, el albacea felón que pasó a la historia por el único mérito de desobedecer la última voluntad de un amigo. Se cumple ahora, en 2026, un siglo de esa publicación. La novela es corta, la trama en apariencia sencilla: K quiere llegar a un castillo, pero infinitas digresiones le impedirán llegar a su destino.
El castillo, sin embargo, lleva cien años confundiendo a los “expertos”, que, por regla general, la consideran una obra inacabada. Dicen los sabios que la tuberculosis arrasó con Kafka antes de que pudiera terminarla y esgrimen como pruebas irrefutables ciertos testimonios, pasajes de diario y, sobre todo, la última e inconclusa frase de la novela.
En Kafka y sus precursores, por su parte, Borges había señalado que le parecía reconocer la voz de Kafka o sus hábitos, en textos de diversas literaturas y épocas. En su reflexión, enumera con perspicacia una serie de heterogéneas piezas que se parecen a Kafka, en cada una de ellas resuena en mayor o menor grado su voz, su idiosincrasia. Pero sin el autor checo, esos ecos serían imperceptibles, acaso inexistentes.
La primera pieza es la paradoja de Zenón contra el movimiento —señala Borges—. Un móvil que está en A (dice Aristóteles) no podrá llegar al punto B, porque primero debe recorrer la mitad del camino entre ellos, y antes de eso la mitad de la mitad, y antes de eso, la mitad de la mitad, y así hasta que sea infinito; la forma de este ilustre problema es exactamente la de El Castillo, y el móvil y la flecha y Aquiles son los primeros personajes kafkianos de la literatura.
Lo curioso es que Zenón edificó su castillo en la antigua Elea unos 2500 años antes del nacimiento de Kafka. A su manera, Borges es también autor de El castillo, lo publicó en 1975 y lo llamó «El libro de arena». En esta ficción, un personaje que llamaremos B intenta encontrar la primera página de un libro infinito, pero siempre se interponen varias hojas entre la portada y la mano.
También Kafka pudo intuir a Borges. Si es inútil para B llegar a la primera página de su libro de arena, debe ser igualmente inútil para K arribar a la última página de su obra, luego el supuesto final inacabado de El castillo es, en realidad, el más coherente y acabado final que pudo darle Kafka a su novela. Con una frase a medio escribir, suspendida en el tiempo, sin ningún signo de puntuación final: Tendió a K. una mano temblorosa y lo hizo sentarse a su lado, hablaba con dificultad, era difícil comprenderla, pero lo que dijo
No puede ser, pero es —diría el personaje de Borges. «El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna la última».


