Mi amigo Leopoldo Calderón, multinstrumentista y profesor de música de la Universidad del Norte, me ha invitado a una charla con ocasión del Día Internacional del Jazz, a celebrarse el próximo 30 de abril. Como no podré acompañarlo, ofrezco estas líneas a modo de compensación y dejo que sea Julio Cortázar quien nos guíe por el camino del jazz. El autor de Rayuela conocía como pocos la estética del jazz, tocaba la trompeta y había publicado El perseguidor, un extenso relato inspirado en el mítico saxofonista afroamericano Charlie Parker. Cortázar pensaba que el cuento y el jazz tenían el mismo swing, el mismo ritmo, la misma capacidad de improvisación y creatividad a partir de un patrón común.

¿Dónde está la importancia del jazz? Le preguntaron un día al argentino.

—Creo que en la manera en que puede salirse de sí mismo —respondió—, no dejando nunca de seguir siendo jazz. Como un árbol que abre sus ramas a derecha, a izquierda, hacia arriba, hacia abajo…, permitiendo todos los estilos, ofreciendo todas las posibilidades, cada uno buscando su vía. Desde ese punto de vista está probada la riqueza infinita del jazz; la riqueza de creación espontánea, total.

…En el jazz, sobre un bosquejo, un tema o algunos acordes fundamentales, cada músico crea su obra, es decir, que no hay un intermediario, no existe la mediación de un intérprete. Me dije —y no sé si eso ya está dicho— que el jazz es la sola música entre todas las músicas —con la de la India— que corresponde a esa gran ambición del surrealismo en literatura, es decir, a la escritura automática, la inspiración total, que en el jazz corresponde a la improvisación, una creación que no está sometida a un discurso lógico y preestablecido, sino que nace de las profundidades, y eso, creo, permite ese paralelo entre el surrealismo y el jazz.

Con todo, nadie sabe bien qué quiere decir la palabra «Jazz». Cada supuesto conocedor improvisa una hipótesis. En algo coinciden: como magnífica expresión de la resistencia negra, el jazz se abrió paso desde los bajos fondos de Nueva Orleans, desde el caldo multicultural que hervía con fervor a orillas del Misisipi hasta la cúspide del mundo.

El jazz es lamento dulce de creación inagotable, tradición y talento individual, ritmo que deambula por la piel, sensualidad que se incorpora a la sangre, melodía de Moebius, nostálgica y festiva, que arracima el legado ancestral de África, de América, de Europa, del Caribe, desde el aquí y el ahora de sus improvisaciones magistrales e irrepetibles, el jazz mira al pasado y al futuro, es tristeza y desarraigo, sin duda, pero también canto de libertad, de esperanza, de inquebrantable rebeldía, de optimismo frente a la opresión, es la búsqueda feliz e incesante de una realidad «otra», de una temporalidad «otra», el jazz es viejo como el algodonal del bisabuelo negro, pero siempre nuevo, siempre reciente, siempre como pan recién horneado brotando del saxo o del clarinete del bisnieto mestizo.

La gran maravilla del jazz es que nace de una noción libertad; no de sujeción —dice Cortázar—, como el tango. Por eso el camino del jazz es infinitamente más rico y más variado y sigue sin agotarse hasta este mismo minuto en que estamos hablando…leyendo…