Durante más de una década, Colombia perdió algo más que un mercado: perdió su principal plataforma natural de expansión industrial. Venezuela, que en 2008 absorbía más del 20% de nuestras exportaciones manufactureras, se desdibujó en medio de una crisis económica sin precedentes. Con las acertadas decisiones de EE. UU de gradualmente liberar las sanciones económicas, la reconstrucción de Venezuela se perfila como una de las mayores oportunidades económicas de nuestra generación. Espero que todos, Gobiernistas y Pro-Cambio, nos podamos unir para lograr aprovechar esta oportunidad. Puede que sea lo único en lo que todos están de acuerdo.

La reconstrucción de Venezuela no será marginal ni gradual, será profunda y masiva. Solo en el sector energético se proyectan inversiones superior a los 150.000 millones de dólares en los primeros 30 meses, sin contar infraestructura, vivienda, servicios públicos y logística. En la práctica, se trata de reconstruir un país entero. Y en ese escenario Colombia parte con una ventaja estructural que ningún otro país posee.

La proximidad no solo geográfica: es productiva. Colombia tiene oferta inmediata en sectores críticos: cementos, acero, materiales de construcción, alimentos procesados, químicos, farmacéuticos, autopartes y textiles. No es una promesa: es capacidad instalada, lista para exportar. A diferencia de inversionistas europeos o asiáticos, Colombia ya operó en Venezuela. Conoce su red empresarial, sus cadenas logísticas, sus riesgos y, sobre todo, sus tiempos.

Mientras Venezuela reconstruye su aparato productivo, Colombia puede convertirse en su proveedor natural de insumos y bienes intermedios, especialmente si se mantiene un veto hacia el comercio con China. Una integración industrial binacional que no se veía desde hace dos décadas. El comercio bilateral superó los 1.100 millones de dólares, podría escalar por encima de los 1.600 millones en el 2026. Pero esa cifra, aunque positiva, es apenas el preludio. El verdadero potencial está en multiplicar por cinco o por diez ese intercambio, como ocurrió en el pasado. Sin embargo, esta oportunidad no se materializa sola. Exige decisiones estratégicas.

El principal obstáculo no es la demanda, sino la arquitectura del comercio. Sin mecanismos de pago estables, seguros de crédito a la exportación y canales financieros funcionales, el crecimiento será inevitablemente limitado. Lo mismo ocurre con la logística: la frontera no puede ser un cuello de botella, debe transformarse en una plataforma industrial, con infraestructura moderna, cadenas de frío y capacidad de almacenamiento a escala. Venezuela no será, en el corto plazo, un mercado predecible, sino un mercado en transición. Esto exige empresas más sofisticadas, con gestión activa de riesgo, estrategia financiera, y visión de largo plazo.

El mayor error sería la pasividad, el flujo de capital internacional comienza a reactivarse. Si Colombia no lidera esta etapa, otros lo harán. La reconstrucción de Venezuela no es solo una oportunidad comercial. Es, potencialmente, la reindustrialización de Colombia: una vía para recuperar escala, diversificar mercados, y consolidar una base exportadora más sólida. La historia económica pocas veces ofrece segundas oportunidades. Esta es una de ellas.