Hace poco, un jurado en California determinó que empresas como Meta Platforms y YouTube pueden ser responsables por los efectos que producen sus decisiones de diseño sobre los usuarios. El caso no giró en torno a contenidos específicos, como ha sido habitual, sino sobre características propias del funcionamiento de estos servicios que habrían contribuido a generar daños concretos. Es una señal que abre la posibilidad de atribuir responsabilidades en un entorno que durante años ha operado con límites muy poco claros.
Eso es una muy buena noticia, dado que empieza a insinuarse un cambio en la forma de entender el papel de las aplicaciones de redes sociales y streaming. Durante mucho tiempo se les consideró intermediarias neutrales, ajenas a las consecuencias de lo que ocurría con los contenidos que sustentaban. Este tipo de decisiones introducen una perspectiva distinta, al encontrar que el diseño mismo de los productos —las estrategias que facilitan que los usuarios pierdan más tiempo en ellas— también pueden ser objeto de escrutinio y, eventualmente, de responsabilidad. Si esa línea se fortalece, se puede pensar en un marco más exigente para todo el ecosistema digital, uno en el que ciertas prácticas, que hoy son habituales, empiecen a ser revisadas con criterios más cercanos a los que ya se aplican en otras industrias.
No sería extraño, entonces, que empiecen a discutirse cambios concretos en la forma como operan esas plataformas. Algunos de ellos podrían tener efectos significativos: la eliminación del nefasto botón de “me gusta”, la introducción de advertencias periódicas sobre el uso prolongado, o la incorporación de herramientas más claras y eficaces para que los usuarios filtren lo que ven, por ejemplo, mediante el bloqueo de contenidos asociados a ciertas palabras o temas. También podrían revisarse funciones como la reproducción automática o el scroll infinito, cuyo propósito es mantener la atención sin pausas. Se trataría de transformar la experiencia digital, estableciendo límites razonables en aquellos puntos donde el diseño ha demostrado tener efectos nocivos.
Nada de esto implica el fin de las redes sociales ni la necesidad de prescindir de ellas, como tampoco ocurrió con otras tecnologías o industrias que han requerido ajustes con el paso del tiempo. Más bien sugiere la posibilidad de una etapa distinta, en la que el desarrollo digital avance acompañado de criterios más claros sobre sus efectos. Si algo muestra este tipo de decisiones es que los sistemas, por complejos que sean, no están fuera del alcance de la corrección. Ya es hora de que se moderen las ambiciones de los gigantes tecnólogicos y que asuman sus responsabilidades, que no son pocas.
moreno.slagter@yahoo.com


