Cuando se habla de violencias se trata de un asunto sistemático y no de uno aislado, dado que las violencias ocurren con la “licencia” de los miedos, los silencios, la normalización y el impacto de los imaginarios sociales machistas que las hacen repetitivas y no denunciables y que convierten a los cuerpos femeninos en trincheras de violencias simbólicas o extremadamente visibles, apoteósicas o asolapadas, impactantes o soterradas, de cualquier forma, la perversidad de lo violento existe y la indiferencia ante dichas situaciones empeora el panorama.

De este modo, el Me Too contra el acoso a periodistas generado como respuesta a las denuncias conocidas contra dos presentadores de Caracol Noticias, nos convoca a ver lo amplio y profundo del problema; los silencios institucionales, la inseguridad, las pocas garantías al denunciar y el castigo social para las víctimas generan el arraigo de situaciones violentas por años sin que nadie se atreva a denunciar.

Asimismo, el Me Too conlleva a que se conozcan otros victimarios y nos recuerda que la cotidianidad de las violencias se produce en las calles, los hogares, los lugares de trabajo, en los centros comerciales o en las cafeterías.

Lo delicado de lo que devela un Me Too es que reafirmamos que las violencias no se concentran en un solo lugar, ni con un estereotipo de victimario, no es el señor de apariencia villana, el desconocido, el enfermo mental, el lejano. Es el jefe, el esposo, el compañero de trabajo, el que se gana la confianza; por esta razón, hay que despojarse de los prejuicios y asumir las alertas necesarias y que el sistema garantice una protección eficaz a las mujeres (de lo cual, estamos algo lejos)

Lo anterior se puede argumentar en las reflexiones que aporta Lagarde, M (2003) quien refiere que: “La violencia contra las mujeres emergen como resultado de un modo histórico de relacionamiento patriarcal y sometido con el mundo masculino”; esto lleva a considerar que las víctimas no han sido tratadas como sujetas de derechos, y esto tiene mucho que ver con los paradigmas que se tienen del cuerpo de las féminas y su forma de intervenirlo.

En este sentido, es fundamental que el problema de la violencia de género sea categorizado como social y se cambie el paradigma de privacidad, para que empiece a ser de dominio público/político, lo cual, significa que merece el compromiso serio del Estado, en corresponsabilidad con la sociedad (ciudadanía, culturas). Así las cosas, el Estado además de sancionar, debe dar cumplimiento a las políticas educativas y de promoción de los derechos que abarquen todas las esferas y las diversidades.

Por lo tanto, comprender la ideología patriarcal lleva, a reconocer que esta excluye el pensamiento acerca de la mujer, siendo además la forma central de violencia de género porque intenta detener el tiempo, negar el cambio y la evolución de las cosas. Las interpretaciones de los modelos socioculturales también forman parte del patriarcado, pues son relatos que corresponden a cargos de poder exclusivos para los hombres.

El acoso y sus demonios se escabullen por donde menos pensamos, se esconden entre la indiferencia y el “Que exageradas son” “ahora todo es acoso” “han acabado con el halago y el cortejo del hombre a la mujer” todo cuanto incomode, moleste, vulnere la seguridad, tranquilidad y el derecho a la libertad de las mujeres, es acoso y va siendo hora de respetar en serio a los cuerpos femeninos y deconstruir el patriarcado alcahueta de múltiples desigualdades, abusos y opresiones.

@FACOSTAC