Parece que fuera ayer, como dice la canción que con todos los rasgos juveniles nos fuimos a Medellín, la ciudad de la eterna primavera a conseguir un cupo para estudiar Medicina. La entrega de resultados fue tan rápida que, cuando le avisé a mi papá, me dijo matricúlate de una vez, de las otras no se sabe nada. El destino y el gran interés de un padre por un hijo médico que, aunque inmaduro en su pensamiento, salió del Liceo Celedón, reconocido como el mejor colegio de la Costa, en donde Escalona, no pudo graduarse de Bachiller, hasta cuando por sus canciones e inteligencia recibió el honoris causa.
Medellín era y sigue siendo hermosa, el verde del Valle de Aburrá, parecía la llegada al paraíso, con su clima fresco, sin contaminación, una ciudad limpia con calles con alcantarillado pluvial, una avenida, La Playa, que aún sin playa, parecía un camellón y una calle Junín que sería, posteriormente, uno de nuestros sitios preferidos del fin de semana. En ese ambiente, empezamos a oler en estudios generales, durante dos años, los principios de las ciencias básicas para entender el cuerpo humano y sus enfermedades. Estrenamos la nueva y moderna ciudad universitaria. La lucha por alcanzar la facultad de Medicina fue lograda por un porcentaje que, con todas las ganas pasamos el charco.
La entrada al anfiteatro fue gloriosa, la escuela construida desde el siglo pasado era una mezcla de arquitectura medieval y arte moderno, paredes gruesas y pasillo anchos, con patio central, donde posteriormente nos reuniríamos a conversar y a gritar en las épocas de las grandes huelgas, de las que perdimos las cuentas, luchando por el bienestar estudiantil y una mayor participación, en el cogobierno como garantía para el poder estudiantil.
Cada día que pasaba había más para estudiar y así entendimos que no podríamos parar, y que sin los profesores y los libros nunca hubiéramos logrado.
Usábamos cuadernos, lápices, plumeros y bolígrafos, para tantos apuntes donde el papel nunca nos alcanzaba. Eso sí, desde el primer año, nos acompañaba un fonendoscopio por donde aprenderíamos lo normal y anormal de los ruidos cardíacos, los componentes respiratorios y los ruidos intestinales. Con la mayoría del tiempo ocupados en estudiar solo nos quedaba para el deporte y, uno que otro rato para ir a fiestas. Donde lográbamos intercambiar amistades y ocasionalmente, apagar nuestros deseos o despertar nuestros amores. Así empezó nuestra juventud en Medellín, al estilo paisa, que nos llevó a ese templo del aprendizaje, el Hospital San Vicente de Paul, joya indescriptible difícil de olvidar, por donde acompañados de nuestros grandes profesores, aprendimos cada vez más del cuerpo humano, de sus sufrimientos y sus alivios, de sus tristezas y alegrías. Somos, le diré a mis compañeros de hace 50 años, muy afortunados, de haber estudiado en la reconocida, primera escuela de medicina del país, según el QS World University Rankings by Subject 2026 y, la única institución colombiana, en el top 10 de universidades en LatinoAmérica en el área de la Medicina. Gracias Universidad de Antioquia.
@49villanueva


