Persia, Irán hoy, fue actor principal en los albores de las grandes civilizaciones occidentales. El imperio fundado por Ciro el Grande se extendió 5 mil kilómetros de la India hasta Libia. Para transmitir mensajes a largas distancias inventaron el telégrafo óptico de fuego persa: una red de torres de señalización en cerros con visibilidad que repetían mensajes codificados de llamas y humo. El fuego persa era nafta inflamable, o sea gasolina, y se convirtió en una de las armas más letales de la antigüedad; su uso se extendió por el Medio Oriente y el Mediterráneo. No hay nada nuevo bajo el sol.
Ciro intentó conquistar Atenas en el año 490 a.C. y fue derrotado en la batalla de Maratón. Su sucesor, Jerjes, repitió el intento diez años más tarde y corrió la misma suerte en Salamina. Éste fue un punto de inflexión en la historia de Occidente que salvó la independencia de Atenas y permitió el florecimiento de su naciente democracia. Pero Persia sirvió de ejemplo a Roma para gobernar y administrar un vasto imperio; para ello debieron inventar también sistemas monetarios, de contabilidad pública y unificar pesos y medidas.
Saltemos ahora 25 siglos a la entrevista reciente por RTVE a Nilufar Sabari, iraní nacionalizada española, denunciando el “apartheid de género” en su país y señalando a la “teocracia islamista” de torturar a su pueblo y exportar terrorismo: “Llega el júbilo del pueblo iraní por la eliminación de la cabeza de esa gran máquina de masacrar al pueblo que ha sido Alí Jamenei. El gobierno ocupante no ha hecho otra cosa que saquear nuestros recursos para enriquecerse y para crear, fomentar, mantener y financiar grupos terroristas islamistas, además de difundir por el mundo una ideología misógina, fundamentalista y totalitaria. Deberían haber aplicado el acuerdo de la ONU sobre la Responsabilidad de Proteger cuando el gobierno masacra a su propio pueblo”.
Difícil identificar algo globalmente más nocivo en los últimos 50 años que la teocracia radical en un país con la cultura, población e influencia de Irán; y funesto para mil millones de mujeres musulmanas. Irán es un país de mayoría aria y chiita, rodeado de países árabes y sunitas, con un régimen que no oculta su propósito de imponer su cavernaria visión de la sociedad y su ambición de potencia nuclear. La comunidad de naciones debería considerar un imperativo moral su desvanecimiento, lo cual no puede lograrse si no se intenta, y si se intenta no es posible evitar altos costos ni el riesgo de fracaso.
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