En la última semana Colombia vio tres encuestas distintas sobre la misma carrera presidencial. Y las tres parecían describir países diferentes. Una mostraba a Iván Cepeda liderando con ventaja. Otra ubicaba a Abelardo De La Espriella mucho más cerca. Y una tercera dibujaba un panorama distinto según el escenario que se preguntara. ¿Tres realidades políticas distintas? No. Tres formas distintas de medir la misma realidad.
Cuando uno revisa las fichas técnicas aparece la explicación. Algunas encuestas publican votos válidos y otros votos totales. Unas excluyen indecisos y otras los cuentan. Unas preguntan con listas largas y otras con escenarios más reducidos. Hasta el orden de los nombres en el tarjetón altera el resultado. Con los mismos datos se pueden producir titulares opuestos. No necesariamente cambió el país. Cambió la forma de medirlo.
La encuesta de Guarumo, por ejemplo, muestra bien ese efecto: en un escenario amplio el voto en blanco aparece en 8,6 %, pero cuando se reduce la lista de candidatos ese mismo blanco salta a 15,2 %. No cambió el votante, cambió la pregunta. Y en algunos escenarios de segunda vuelta aparece otro dato revelador: el “ninguno” llega al 25,7 %, e incluso supera el 50 % en algunos cruces. Eso significa algo simple: la elección sigue abierta.
El problema es que el ciudadano no recibe esta explicación técnica. Lo que recibe es el titular: quién “va ganando”. Y usadas de esa manera, las encuestas dejan de ser herramientas de medición y se convierten en armas de manipulación masiva: moldean el voto útil, desaniman a unos y empujan a otros antes de que exista un solo voto real.
Mañana esa narrativa se enfrenta con la realidad. Sabremos cuál encuesta estaba más cerca del país real y, sobre todo, a quién creerle, cuando veamos si Daniel Quintero gana la consulta o si Claudia López saca ese 11 % de votos que alguna encuesta le atribuye. Ahí aparecerá la única encuesta que realmente vale: la de las urnas. Mañana desaparecen los márgenes de error y los escenarios hipotéticos. Mañana aparecen los votos.
Lo realmente preocupante es que en las últimas elecciones al Congreso votó apenas el 46% de los colombianos habilitados. Más de la mitad del país prefirió quedarse en silencio mientras otros decidían quién escribe las reglas del juego. Luego vienen la frustración y la sensación de que nadie nos escucha. Pero la democracia no se construye desde la indiferencia. Se construye participando.
¡Hay que votar! Llevemos al vecino, al amigo, al familiar: todos a votar. Porque así, desde el lunes, el centro, la derecha y la izquierda empezarán a dibujarse en el mapa electoral. Las listas presidenciales comenzarán a depurarse. Y lo que hasta ahora parecía una larga pretemporada política empezará a convertirse en una competencia real. Las encuestas pueden sugerir tendencias. Pero la única encuesta que decide es la urna. ¡A votar!
@MiguelVergaraC


