Nos encanta hablar de justicia, pero nos incomoda cuando la justicia exige renunciar a la violencia. Creemos que la defensa de la justicia justifica cualquier método o acción. De lo que más me gusta del Cristianismo es su propuesta de derrotar el mal a fuerza de bien (Romanos 12,21), porque nos contraría en nuestra más natural emoción de responder mal con mal. Es ir más allá de nuestros impulsos naturales.
Hay una opción por la no violencia que recorre la vida de Jesús de Nazaret. De hecho, en su sermón de la montaña, que es el discurso central en el evangelio de Mateo, se insiste en: amar a sus enemigos (Mateo 5,44). Que quede claro que no se trata de simpatía ni de ser tierno con quien es malvado. Es la decisión de no deshumanizar al otro. Sabemos que la violencia comienza cuando el otro deja de ser persona y se convierte en amenaza o estorbo. Ahí es cuando justificamos cualquier acción violenta.
También dice: “Bienaventurados los mansos…” (Mateo 5,5). En este texto la mansedumbre no es debilidad psicológica, ni ser pusilánime, ni mucho menos vivir desde el miedo. El término griego (praeis) evoca dominio interior, fuerza bajo control. Esto es, la mansedumbre no es debilidad ni temor ante la vida. Se trata de no reaccionar desde el impulso, sino desde una conciencia bien gobernada.
En estos días en los que muchos cristianos creen que la violencia, de cualquier tipo, puede ser una manera de luchar contra las injusticias, vale la pena volver a pensar en Jesús de Nazaret, quien nos enseñó a ser justos y a luchar para que todos tengamos las mejores condiciones para la realización, pero siempre desde el amor.
La invitación cristiana es a no dejar que el odio dicte tus respuestas. No permitir que el mal defina tu estilo. Batallar sin perder la humanidad. Luchar por la justicia desde el amor.
La no violencia en Mateo es una espiritualidad de fortaleza interior. No es blanda. Es profundamente valiente. Es la opción de Jesús. Lo que más me emociona es su coherencia. Cuando Pedro usa la espada para defenderlo, Jesús responde con firmeza: “El que a hierro mata, a hierro muere.” (Mateo 26,52). Es decir, el que ha predicado la no violencia rechaza la defensa armada aun en el momento en el que está en peligro su propia vida. Tal vez esa era la única posibilidad de salvarse de la muerte. Él es fiel a su mensaje hasta el final.
Hay que tener cuidado por estos días, en los que los violentos visten falsamente con las mejores palabras sus discursos para justificar su odio y su necesidad de destruir al otro. Aquí tienes que preguntarte: ¿estás defendiendo la justicia o estás justificando tu odio?
@Plinero


