Parece insólito, pero es real. Macondiano, dirán algunos. Más de una década debió esperar el Caribe colombiano para ver arrancar una obra llamada a transformar su mapa logístico y productivo. El inicio de la construcción de la doble calzada Barranquilla Ciénaga, que celebramos con moderado optimismo, no corresponde a cualquier anuncio. En términos concretos, representa la puesta en marcha de una intervención estratégica llamada a superar uno de los mayores rezagos históricos que limitaba nuestra conectividad regional.

En un territorio donde convergen puertos, turismo, comercio e industria, disponer de un corredor moderno y eficiente dejará de ser aspiración para convertirse, por fin, en realidad.

Los 50 kilómetros de nueva doble calzada, sumados a la operación y mantenimiento integral del corredor, un proyecto de $2,7 billones, bajo un esquema de asociación pública privada, impactarán de forma El mundo de Turcios plataforma exportadora que Colombia tendría que aprovechar mucho más.

La obra, además, debe entenderse como parte de un sistema aún más amplio. Ahí directa a casi dos millones de personas. Barranquilla, Soledad, Santa Marta, Ciénaga, Pueblo Viejo y Zona Bananera, entre otras ciudades y municipios, verán reducidos sus tiempos de desplazamiento, optimizados los costos del transporte de carga, y mejoras en la seguridad vial. No es un asunto menor que por la arteria circulen al día unos 12 mil vehículos, parte de ellos con el 75 % de los alimentos que se comercializan en la Gran Central de Abastos del Caribe, Granabastos. De suerte que cada minuto perdido en trancones, cierres o paso lento le cuesta dinero al consumidor y competitividad a la región.

También el turismo, industria vital en la zona, recibirá un impulso evidente. La conexión entre dos capitales clave del Caribe y el acceso a destinos naturales y culturales ganarán en fluidez, algo indispensable para nuestras economías que necesitan diversificar sus fuentes de crecimiento. A la vez, la articulación entre los puertos de Barranquilla y Santa Marta robustece una encajan la variante sur de Ciénaga, entregada el año pasado, y los viaductos previstos en los tramos más vulnerables del corredor —kilómetros 19 y 28—, esenciales para enfrentar la implacable erosión costera. Estos últimos se anuncian también con una inadmisible demora de años, ahora que la otorgada licencia ambiental abre la puerta para que su construcción comience lo antes posible. No queda más que insistir en que la ejecución se materialice, porque sin ello la solución, como está planteada desde el principio, quedaría incompleta.

Pero el entusiasmo legítimo no puede ocultar una advertencia necesaria. La comunidad ha expresado reparos razonables frente al componente social del proyecto. Desde procesos de reubicación, claridad sobre las compensaciones, hasta la protección del tejido comunitario, pasando por el actual estado de la contaminada Ciénaga Grande. No se trata de oponerse al desarrollo, sino de señalar una elemental exigencia de concertación seria y transparente.

Deben ser escuchados porque el progreso impuesto acaba por incubar conflictos evitables. El progreso dialogado, en cambio, perdura. Por eso Gobierno, concesionario y autoridades locales tienen que estar abiertos a conversar con sus representantes y a comunicar mejor. Es muy sencillo: hay que procurar que los ciudadanos no sientan sus derechos vulnerados.

En suma, la doble calzada puede convertirse en un símbolo real de modernización regional, siempre que avance al mismo ritmo de la confianza ciudadana. El Caribe necesita carreteras de primer nivel, pero también decisiones públicas a la altura de su gente sin más dilaciones. Nos declaramos a la espera de que todo se concrete, como los actores públicos y privados han anticipado, porque de buenas intenciones está empedrado el camino hacia el infierno.