Las disidencias de las Farc, al mando de ‘Iván Mordisco’, mantienen una guerra contra el Estado colombiano imposible de ganar. Conscientes de ello, nuevamente han demostrado, con sus barbáricos actos terroristas, ataques indiscriminados en contra de la población civil y demás acciones armadas que pueden desatar un verdadero infierno en el suroccidente del país, tanto en sus áreas rurales como urbanas, e infringir el peor daño posible, como siempre sucede, a la gente más humilde e indefensa, que es totalmente ajena a su conflicto.
La ofensiva terrorista de los últimos días, que se inició el viernes con feroces atentados con explosivos contra el Batallón Pichincha y el de Ingenieros Agustín Codazzi, en Cali y Palmira, respectivamente, y que ha continuado con una incesante escalada de acciones criminales en el Valle del Cauca y Cauca alcanzó el culmen del horror en el brutal ataque con un cilindro bomba en la Vía Panamericana, que conecta a Cali con Popayán, en el sector de El Túnel, municipio de Cajibío. Veintiuna personas, en su gran mayoría mujeres, que se movilizaban por la transitada carretera en buses, fueron asesinadas y casi 60 resultaron heridas, algunas son menores. En el listado de víctimas mortales, hay campesinos, indígenas, trabajadores, comerciantes, transportadores y hasta una lideresa afrodescendiente del norte del Cauca.
Lamentablemente la ‘eternizada’ guerra en el suroccidente parece decantarse a favor de los violentos. ‘Mordisco’, ‘Marlon’, a quien las autoridades le atribuyen estos ataques, o sus subordinados de turno actúan con cálculo ventajoso, dominan los tiempos, ocupan los espacios territoriales y se muestran capaces de esperar hasta que las condiciones les son favorables para lanzarse —con maldad deliberada— contra sus objetivos. Es un libreto premeditado que, cada cierto tiempo, les ha venido funcionando con inquietante precisión.
¿Por qué la inteligencia del Estado, de las Fuerzas Armadas no se anticipa a estos ataques? ¿Cómo es posible que luego de sucesivos golpes contra la estructura criminal de ‘Mordisco’ este conserve el potencial bélico con el que arrebatan las vidas de tantos inocentes? Si bien es cierto que el terrorismo resulta impredecible y que la seguridad, entendida como una responsabilidad colectiva, no siempre es compartida ni defendida por la totalidad de los ciudadanos, también lo es que la actuación institucional no ofrece los resultados esperados.
Aunque el ministro de Defensa, Pedro Sánchez, insista en que estos atentados reflejan la “debilidad” de las estructuras criminales ante la presión militar, su lectura se queda corta ante la magnitud de los hechos. La coordinación simultánea de los eventos y su alcance sugieren, en realidad, una capacidad operativa que dista de estar neutralizada. Y en ese punto emerge una ineludible preocupación sobre las limitaciones de la fuerza pública para anticipar y prevenir este tipo de acciones, pese a los despliegues y las operaciones en curso.
Está claro que la violencia que sacude hoy al suroccidente no es un fenómeno episódico ni una reacción aislada de la comprobada crueldad de ‘Mordisco’. Más bien es la expresión visible de un engranaje criminal profundamente enraizado, cuyo motor son las economías ilícitas que financian, expanden y perpetúan el accionar de los grupos armados. Narcotráfico y minería ilegal no solo sostienen la logística de esa guerra, también configuran un orden paralelo que disputa el control territorial y social en corredores del Cauca, el Valle y Nariño.
Las alertas tempranas han sido reiteradas. El diagnóstico institucional es conocido. Aún así, la respuesta sigue siendo predominantemente reactiva. Se interviene después del estallido, no antes de que ocurra. Se hace indispensable un enfoque de prevención estratégica que entienda las dinámicas de los armados ilegales y actúe sobre sus fuentes de financiación y el reclutamiento de menores. Persistir en una lógica exclusivamente militar, sin una mirada integral que articule justicia, inversión social y presencia estatal efectiva, como también reclaman las autoridades regionales, equivale a administrar las crisis sin apenas resolverlas.
Así las cosas, cada operación militar será apenas un paréntesis en un ciclo que se repite con alarmante regularidad. Y Colombia seguirá asistiendo, una y otra vez, a la misma tragedia anunciada de crímenes de guerra y lesa humanidad que se ensañan con los más humildes. No más miopía. Los hechos cuentan y lo que nos dicen es innegable. La tentación de politizar el dolor de las víctimas es tan infame como la falta de empatía de quienes deben poner la cara ante su demanda de justicia. A propósito, feliz cumpleaños presidente Gustavo Petro.







