El Día del Idioma no es una fecha cualquiera, sino una ocasión ideal para reconocer una evidencia incómoda. En la era de la inmediatez digital, los libros no han perdido su valor; lo que hemos erosionado es nuestra disposición e interés en leerlos. Se compran, se exhiben y decoran estanterías, pero cada vez menos se abren. Y un libro cerrado —al igual que un paracaídas— no sirve para nada. En una cultura que privilegia el estímulo inmediato, la reacción rápida o la salida fácil, cabe preguntarse: ¿qué tipo de ciudadanía se forma cuando el entretenimiento desplaza al pensamiento crítico y la memoria se nos vuelve prescindible?

La literatura no solo amplía el conocimiento; también modela la inteligencia, afina el lenguaje y cultiva la sensibilidad. Leer con regularidad mejora la comprensión del entorno —el próximo y el general— y fortalece la facultad de discernir, esa que permite resistir o, al menos, hacerle frente a absolutismos ideológicos o a nuevas formas de control. Sin palabras ni matices, la deliberación pública se empobrece y la democracia, como tal, se vuelve frágil.

Por eso, enseñar a leer no debería reducirse a decodificar signos ni a asignar textos en los colegios que luego se evalúan mecánicamente, cada cierto tiempo. Se trata de acompañar, sobre todo en los primeros años de formación, hasta convertir la lectura en una experiencia intelectual de calado. La lectura en voz alta, el diálogo sobre un texto o el descubrimiento pausado de una obra literaria son hábitos que despiertan interés, forman criterio y reducen el fracaso escolar, ¡porque aprender a leer es una manera infalible para aprender a pensar!

Sin embargo, ahora se transita en la dirección contraria. La exposición temprana y excesiva a las pantallas altera la atención, la concentración y la forma de procesar la información que recibimos.

Demasiadas veces, la escuela se deja arrastrar por esa inercia y reemplaza la formación profunda por rapidez superficial y la reflexión sosegada por impacto inmediato. El resultado de esa deriva se traduce en dificultades en materia de comprensión lectora de los estudiantes y, en últimas, en un debate público precario que acaba siendo más proclive a la viralidad de las emociones que al argumento coherente de los defensores de la verdad.

Un desvío de la razón que resulta especialmente peligroso porque sin lectores, no hay juicio y sin juicio, no hay libertad. Por ejemplo, las bibliotecas —las públicas y las privadas— siguen siendo grandes ni veladoras sociales, habida cuenta de que donde los libros permanecen abiertos, la lectura se transforma en una práctica diaria y las personas, no importa su edad ni condición socioeconómica, hallan nuevas oportunidades, más autonomía y más dignidad.

En consecuencia, una fecha como la que nos ocupa tendría que conmemorarse con un compromiso concreto. Regalar libros, sí, pero sobre todo leerlos. Acompañar a los niños y jóvenes en su proceso para cultivar la disciplina de la lectura lenta que nos permita rescatar el valor de nuestro exquisito lenguaje. Porque, en última instancia, una sociedad que no lee ni piensa es una sociedad más vulnerable a ser sacudida por la crisis de la democracia. Y una democracia sin ciudadanos capaces de cuestionar está condenada a repetir sus errores, como bien lo escribió Gabriel García Márquez, con su magistral pluma de realismo mágico, en el cierre de una de las obras cumbres de la literatura universal, Cien Años de Soledad: “Las estirpes condenadas a 100 años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”. Que este no sea el caso, así que la invitación es a que leamos con regularidad para potenciar el desarrollo intelectual y ahondar nuestra capacidad de comprensión humana.