Una de las tentaciones más nocivas del debate público es reducir la realidad a un esquema binario: buenos y malos, culpables y víctimas, antes y después. Es una forma fácil y cómoda de entender el mundo, pero también es profundamente engañosa. Los procesos sociales, económicos y políticos rara vez obedecen a una causa sencilla, y, salvo excepciones extremas, casi nunca pueden explicarse como el resultado de la acción de un único grupo o de una sola corriente de pensamiento.

Sin embargo, ese tipo de explicaciones simplificadas tienen un atractivo evidente, dado que permiten indignarse sin dudas y construir relatos políticos deslumbrantes, aunque pobres desde el punto de vista crítico. Así, la historia deja de ser un campo de análisis y se transforma en un repositorio de justificaciones.

El problema no es solo teórico; ya vemos cómo las narrativas en blanco y negro terminan condicionando la manera de gobernar o peor todavía, la manera en la que percibimos el gobierno. Si el pasado se presenta como un bloque de errores y fracasos, cualquier cosa que venga después parece justificable. El desprecio por lo anterior se convierte en una virtud, y cierto rigor —esa incómoda costumbre de revisar qué funcionaba y qué no— se entiende como una pérdida de tiempo, un esfuerzo inútil y evitable que no vale la pena.

En una columna publicada hace unas semanas, Moisés Wasserman llamó la atención sobre ese punto, refiriéndose a la posición del gobierno frente al Icetex y a Colfuturo: la tenacidad con la que se vende la idea de que todo estaba mal y que nada justificaba su continuidad. Su argumento recomendaba que antes de aceptar diagnósticos catastróficos conviene revisar hechos, cifras y comparaciones, para entender los problemas en su justa dimensión.

En Colombia, ese ejercicio resulta especialmente pertinente. Estamos sitiados por desigualdades y carencias, pero también marcados por transformaciones que son verificables. Fingir que esos avances no existieron debilita cualquier evaluación seria del presente. La realidad exige distinguir responsabilidades, reconocer contextos, aceptar que los problemas se acumulan en el tiempo y que las soluciones rara vez son inmediatas o definitivas. También exige admitir que muchas cosas se hicieron bien.

Revisar el pasado con rigor invita a evitar diagnósticos perezosos. Eso debería constituirse en una condición mínima para discutir con seriedad, y así evitar que el debate político se convierta en una sucesión de eslóganes llamativos que parecen responder únicamente a estrategias electorales. Quizá no haya mejor punto de partida que este: desconfiar de las certezas absolutas y asumir que casi nada se explica desde un mundo dividido en dos bandos.

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