¿Y si no necesitamos cambiar? ¿Y si la invitación constante al cambio es la fuente de tanto sentimiento de insuficiencia que tienen las personas? ¿Causa el síndrome de la impostora esa constante invitación a dejar de ser quien se es?

Esas son las preguntas que gobiernan mis reflexiones existenciales y teológicas por estos días. Tengo claro que una de las certezas que más me emocionan de mi experiencia cristiana es entender que Dios está contento conmigo. Él me ama y me acepta tal cual soy; al fin y al cabo, él me creó (Isaías 43, 1-6).

Cuando llego al diálogo íntimo con él, lo hago desde la seguridad de su aceptación y acogida. No me acerco con el mismo miedo que tengo cuando voy a exámenes diagnósticos, en los que siempre es posible encontrarme con una situación maligna y destructora. Ante Dios estoy convencido del amor que me recibe, me llena y me trasciende.

Creo que eso es lo que más tenemos que enfatizar en cualquier proceso espiritual. Dios no está en la vida para estrellarnos contra nuestros defectos y limitaciones; ellas se imponen en nuestra cotidianidad sin reflexión.

De hecho, creo que ese es el sentido teológico del sacrificio en la cruz de Cristo, el cual no se puede entender como una manera de aplacar la ira del Padre —lo cual lo presentaría como un ser cruel e injusto—. Es una acción de amor en favor de los seres humanos (Gálatas 2,20), que muestra un camino para realizarse y vivir en plenitud.

No estoy desconociendo las limitaciones de la condición humana ni negando la necesidad de una metanoia (Marcos 1,15) constante. Lo que quiero dejar claro es que no podemos pretender generar un buen encuentro con Dios propiciando emociones de inferioridad, de desprecio y de humillación de lo que uno mismo es.

Aunque algunos quieran creer que las emociones no son importantes en el proceso de evangelización, estoy seguro de que son ellas las que mueven cualquier proyecto de vida.

Por ello, la motivación para el encuentro espiritual tiene que estar concentrada en emociones positivas. Son esas las que pueden garantizar las decisiones trascendentales que se requieren para mantenerse en el camino de las opciones propuestas por Jesús de Nazaret.

Esto implica recomprender el llamado “pecado original”, que implicaría que se viene a la existencia con una deuda no adquirida conscientemente.

Creo que, teológicamente, lo que se quiere señalar allí es una consecuencia de la condición humana: la libertad que nos pone siempre ante la posibilidad de autodestruirnos.

Sería una incapacidad original: por nuestra estructura antropológica tenemos la posibilidad de autodestruirnos al cerrarnos al otro y, en ello, al totalmente Otro: Dios.

@Plinero