La carrera hacia la Presidencia de la República entró en su etapa más decisiva y exigente. Con la inscripción formal de los candidatos y sus fórmulas vicepresidenciales, y luego de las determinantes elecciones legislativas y consultas interpartidistas del 8 de marzo, el nuevo mapa político del país quedó definido, con resultados que dejaron conclusiones evidentes.

Por un lado, la contienda se encamina hacia una disputa central entre dos grandes polos, representados por el oficialista Pacto Histórico y, su principal bastión opositor, el Centro Democrático, hoy las fuerzas con más peso electoral y parlamentario de Colombia. Y, por el otro, el pulso en las urnas se concentra en las tres candidaturas con mayor capacidad de movilizar apoyos, las de Iván Cepeda, Abelardo De la Espriella y Paloma Valencia. Cada uno de ellos arriba a esta fase con fortalezas claras, pero también con retos que deberán sortear si quieren ampliar su actual base electoral, porque ninguno tiene aún los votos necesarios para convertirse en la nueva o nuevo inquilino de la Casa de Nariño, a partir del 7 de agosto.

Si bien es cierto que tienen motivos para celebrar, también les convendría ser pragmáticos para no creerse “el cuento de la lechera” y terminar fantaseando con unos votos que aún deben encontrar si quieren asegurar opciones reales de triunfo de cara a la primera vuelta.

El senador Iván Cepeda parte con la ventaja de encarnar la continuidad del proyecto político progresista que hoy gobierna. El respaldo del fortalecido Pacto Histórico, que obtuvo 4,4 millones de votos, 25 curules en el Senado, y, en particular, el del presidente Petro, quien sin pudor ejerce —de frente— como su jefe de debate, al igual que la alianza con la también senadora y lideresa indígena Aída Quilcué, su elegida fórmula vicepresidencial, le garantizan estructura programática y una narrativa centrada en la justicia social y el reconocimiento de diversidad. Bastante similar a la oferta construida por Petro y Márquez hace cuatro años.

Sin embargo, su reto fundamental será convencer a los electores de los sectores moderados que sus propuestas podrán responder con eficacia a las necesidades más inmediatas de la gente: inseguridad, desempleo, crisis de la salud o corrupción, cuando buena parte de ellas son consecuencia directa de las actuaciones erráticas o deliberadas del Ejecutivo de Petro.

En el extremo opuesto del espectro político de Cepeda, Abelardo De la Espriella ha logrado posicionarse como la voz de un electorado inconforme que reclama mano dura frente al deterioro de la seguridad y el quiebre en la conducción del Estado. Su discurso frontal contra el Gobierno le ha granjeado el decidido apoyo e interés de quienes se proclaman hastiados del progresismo. No obstante, para transformar su visibilidad en votos suficientes deberá atemperar el tono que lo identifica y ofrecer garantías de gobernabilidad, lo cual —a decir verdad— no parece viable en las actuales circunstancias. Convertirse en una opción posible de gobierno, junto a su dupla, el exministro y académico José Manuel Restrepo, le demanda a ‘El Tigre’ ampliar su alcance hacia votantes de centro que, aunque también son críticos del rumbo del país, desconfían de propuestas que perciben como excesivamente radicales.

En ese insalvable escenario de polarización, la Gran Consulta por Colombia, con 5,8 millones de votos, emergió como el actor más dinámico de la cita electoral. La incontestable votación de la senadora Paloma Valencia —3,2 millones de sufragios— consolidó al uribismo como un protagonista inevitable en la disputa presidencial y confirmó la vitalidad de una alianza de centro y de derecha que se convierte en una alternativa real de poder. Su victoria no fue la única sorpresa de la jornada. El fenómeno político-electoral, en el que se ha erigido su fórmula vicepresidencial, el ex director del Dane, Juan Daniel Oviedo, es toda una revelación.

Este contabilizó 1,2 millones de votos y, sin duda alguna, de opinión. Oviedo no está sujeto a estructuras partidistas ni a maquinarias clientelares. Su perfil técnico, independiente y liberal, pero firme en asuntos económicos o sociales, como la diversidad sexual y de género que él representa, lo proyecta como una figura capaz de tender puentes hacia electores de centro, tradicionalmente, reticentes al uribismo. En esa suma de experiencia y renovación política radica el atractivo de una coalición que reconoce sus diferencias, al tiempo que se muestra dispuesta a tramitarlas para ampliar su base electoral y, de paso, distanciarse de la calculada estrategia de radicalización que ha buscado romper la cohesión social del país.

Justamente en un nuevo intento por desestabilizar el debate electoral, Petro arremetió contra Valencia y Oviedo, quienes le tomaron la delantera en el inicio de esta etapa crucial.

La estridencia de su discurso en la red social que le sirve de megáfono a sus delirantes posiciones escaló a un nivel aún más desafortunado o desesperado, también cabría decir. No solo por sus reprochables intervenciones en política que contravienen las restricciones legales que pesan sobre su investidura, sino que además recurrió a expresiones ruines de tinte homofóbico para descalificar a Oviedo por su orientación sexual. Difícil peor bajeza. En una democracia madura, la contienda política debe librarse en el terreno de las ideas, no en el de los agravios, pero ese pedacito, tan de sentido común, Petro ya no lo aprendió.

Ahora que las cartas de navegación están sobre la mesa, lo que se avecina es una tormenta furiosa. Para salir de ella, en un país tan atravesado por la polarización y el desencanto, la sensatez debe orientar el rumbo. Quienes se decanten por ella tendrían que ser escuchados.