Estoy sentado para escribir el editorial que leo todas las mañanas en Blu Radio y me asalta una pregunta: ¿por qué hoy pululan los líderes narcisistas? Me levanto y busco mis libros de liderazgo. Los ojeo una y otra vez. Vuelvo a mi escritorio y entonces tengo la certeza de que ellos son fruto de esta cultura de la imagen y de la exposición, en la que las métricas de las redes sociales son más importantes que cualquier valor ético, y donde nadie quiere pensar la complejidad de la vida, sino que se prefiere una explicación simplista que haga arder las emociones.

Una cultura que le tiene miedo a la incertidumbre y prefiere cualquier certeza, por injusta, estrambótica o estúpida que sea. Se ha optado por despreciar la pausa y la reflexión, y se privilegia la rapidez de identificar enemigos y atacarlos hasta eliminarlos de alguna manera. En ese escenario es más fácil dejarse liderar por quien grita más fuerte que por aquel que piensa en profundidad. Mientras escribía, seguía recordando algunas discusiones de nuestra mesa de trabajo, en las que se insiste en que lo pragmático está por encima de lo ético y que es mejor tener resultados inmediatos que esperar con paciencia los procesos. Esto nos puede llevar a no construir relaciones profundas, sino vínculos marcados por la conveniencia y expuestos a ser abandonados cuando toque salvarnos, así sea a costa de otros. Puede haber una confusión conceptual terrible: confundir liderazgo con dominio. Prefieren sentirse maltratados, despreciados, humillados y hasta burlados con tal de sentir que ese “fuerte” los protege.

Y no me extraña que detrás esté la sociedad del entretenimiento, en la que se supone que todo aquel que ejerce liderazgo tiene que ser entretenido. Por eso los discursos, los disfraces, los shows de algunos de estos líderes. Ellos forman parte de la pantalla que entretiene y hace olvidar el dolor de la vida diaria.

Por un momento me asaltan dudas religiosas y comienzo a creer que el alejamiento del Dios de Jesucristo los ha llevado a buscar dioses humanos que se parezcan más a los emperadores poderosos de las páginas de la historia. Les debe saber muy mal el Dios del pesebre, de la cruz, el Dios que lava los pies del otro y atiende al que los demás desprecian. Prefieren al poderoso que les asegura que les arreglará la vida con sus acciones. Por eso me parece normal que hoy no tengamos seguidores, sino fanáticos que besan los pies de líderes prepotentes mientras juran eliminar, con todas las fuerzas de su ser, a quien ose pensar distinto. Violentos que defienden la violencia como camino hacia la felicidad. ¿Y si volvemos a creer en el líder siervo?

@Plinero