La dinámica de obras que se observa entre Barranquilla y Puerto Colombia refleja algo más que la ejecución simultánea de proyectos de infraestructura. Esta transformación urbana, no exenta de desafíos asociados con dilatados tiempos de entrega, muestra la articulación entre las administraciones distrital y departamental para consolidar al Atlántico como un circuito turístico integrado, capaz de atraer visitantes nacionales y extranjeros, dinamizar la economía local y generar nuevas oportunidades a comunidades que habitan esos espacios.
En el fondo, la apuesta busca propiciar la mejor calidad de vida posible para la gente, lo cual es un deber ineludible de los gobernantes. Sin embargo, el verdadero éxito de estas u otras intervenciones depende no solo de la magnitud de los proyectos en sí mismos, sino también de su adecuada planificación, cumplimiento de los cronogramas y la apropiación ciudadana.
En Puerto, uno de los proyectos que comienza a materializar esa visión es el Mercado Sazón Atlántico, concebido como una vitrina para la gastronomía y las tradiciones culturales del departamento. Con una inversión de $25 mil millones —por fin— abrirá sus puertas desde Semana Santa con más de una decena de islas gastronómicas en su primer nivel. En ella estarán comerciantes que ven en este centro, que insisto, debería estar ya operativo, una oportunidad para que la cocina porteña se convierta en atractivo adicional para el entorno privilegiado del Muelle 1888, el Malecón del Mar, la Plaza Principal y las playas de Miramar.
Lo bueno de esta iniciativa, que se anunció durante la gobernación de Elsa Noguera, es que el mercado, además de estimular el turismo gastronómico, integrará otras expresiones autóctonas del departamento. Un segundo nivel estará destinado a artesanías del Atlántico, mientras que el tercer piso proyecta albergar cocinas de mayor escala y un salón galería que ampliará la oferta cultural del territorio, pensando en que sea un motor de desarrollo local.
A su vez, Barranquilla impulsa la recuperación turística de Bocas de Ceniza y los tajamares, ese lugar emblemático donde confluyen el río Magdalena y el mar Caribe. La intervención, anunciada por el alcalde Alejandro Char como la continuidad de la restauración ambiental de Puerto Mocho, proyecta mejorar la accesibilidad del sector, fortalecer su vocación turística y dignificar las condiciones de quienes han desarrollado allí su actividad durante décadas, como pescadores y pequeños restauranteros. Para muchos de ellos, el proyecto representa la posibilidad de revitalizar un espacio que durante años ha padecido deterioro, falta de inversión y, a decir verdad, un absoluto abandono estatal que los dejó en el olvido.
Lo conocido, hasta ahora, resulta ilusionante porque transformará radicalmente un sector que es parte de la historia misma de Barranquilla, que ha sido marginado —sin embargo— de forma tan injusta que no solo ha desconocido, sino menospreciado el carácter marítimo y fluvial de nuestra ciudad. Hace bien el mandatario distrital en reivindicar su real condición.
Esta visión de un territorio articulado encuentra un punto de convergencia adicional en la conectividad vial. El corredor de la Gran Vía, aparentemente con 80 % de avance y fecha de entrega del 16 de julio —hasta no ver, no creer— promete mejorar de manera sustancial la movilidad entre Barranquilla y Puerto. Sí, el tramo, cuando lo acaben por completo, será un eje clave para potenciar aún más el desarrollo turístico y económico de este animado sector.
No obstante, el entusiasmo que producen estas obras debe ir acompañado de una gestión responsable y anticipada de los retos que conllevan y que no son pocos, como disponibilidad de parqueaderos, seguridad, mantenimiento permanente y manejo del espacio público. Asuntos que serán determinantes para garantizar que los visitantes conserven intacto su interés en los nuevos escenarios. Algunas voces han advertido, por ejemplo, dificultades logísticas en lugares idílicos como el Muelle 1888 de Puerto Colombia, lo que pone en evidencia la importancia de planificar con visión de largo plazo. ¡Al oído de las autoridades!
Asimismo, las comunidades tradicionales —comerciantes, pescadores y residentes— deben ser incorporadas de manera activa en los procesos de transformación en curso. Más que simples beneficiarios, tienen que convertirse en protagonistas de proyectos que impactan directamente su entorno e identidad cultural. Sin ellas, no existe garantía de éxito posible.
El Atlántico avanza, sin duda, hacia las nuevas etapas de su desarrollo turístico y urbano. Pero para que esa promesa se traduzca en beneficios sostenibles será fundamental que cada obra se entregue a tiempo, responda a las necesidades del territorio y logre despertar en su gente genuino sentido de pertenencia. Solo así estos espacios dejarán de ser simples infraestructuras para convertirse en verdaderos símbolos de progreso que alcancen a todos.







