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Murió Rufino Osorio, intelectual cosmopolita vinculado a la vida cultural barranquillera.

Profesor de idiomas, cinéfilo apasionado y protagonista de una generación abierta al mundo.

En días recientes falleció en Barranquilla Rufino Osorio, hombre de vasta cultura, espíritu cosmopolita y figura recordada por quienes compartieron con él los años en que una generación de jóvenes barranquilleros animaba con entusiasmo la vida intelectual y cultural de la ciudad durante las décadas de 1960 y 1970.

Osorio vivió y estudió en los Estados Unidos y posteriormente en París, donde entró en contacto directo con las corrientes contraculturales que transformaban el panorama cultural de Occidente en aquellos años. Esas experiencias ampliaron su horizonte intelectual y marcaron una sensibilidad particularmente abierta hacia la literatura, el cine, la música y los debates culturales de su tiempo.

Poseedor de una cultura cinematográfica notable, mantuvo una relación constante con el mundo del cine y en distintos momentos estuvo vinculado a las actividades de la Cinemateca de Barranquilla, espacio clave para la difusión del cine de autor y de las nuevas corrientes cinematográficas en la ciudad.

Su vocación por las lenguas y el intercambio cultural lo llevó también a ejercer la docencia. Fue profesor de francés en la Alianza Francesa y de inglés en el Instituto Colombo Americano, instituciones donde compartió con sus estudiantes no solo el aprendizaje de los idiomas sino también una curiosidad intelectual que miraba siempre más allá del horizonte local.

Quienes lo conocieron recuerdan en Rufino Osorio a un hombre de conversación brillante, amplia cultura y espíritu independiente, formado en una época en que la amistad, el intercambio de ideas y la exploración cultural constituían una parte esencial de la vida de muchos jóvenes barranquilleros.

Como ocurre con frecuencia en los destinos humanos, los años finales de su vida estuvieron marcados por la adversidad y la soledad. Sin embargo, para quienes lo trataron en su juventud, su recuerdo permanece ligado a aquella Barranquilla abierta al mundo, curiosa y vibrante, donde el cine, la literatura y las discusiones interminables parecían formar parte natural de la vida cotidiana.

Tal vez por eso, al evocarlo hoy, resulta inevitable pensar que las vidas humanas se parecen a las tardes del Caribe: comienzan llenas de luz, de voces y de promesas, y uno cree que esa claridad durará para siempre.

Pero tarde o temprano llega la noche.

Y entonces, cuando todo parece haberse apagado, alguna mariposa negra atraviesa en silencio la memoria de los vivos para recordarnos que incluso las vidas más discretas dejan una huella en el tiempo.

Ricardo Franco Mendoza