Pequeñas causas | El drama de Milagros y sus deudores que tuvo final feliz

Una vendedora de rosas compró tres casas en Barranquilla, producto del esfuerzo de más 40 de años de trabajo. Sus inquilinos le deben varios meses de arriendo, por lo que los citó a una audiencia.

Josefina Villareal
Josefina Villareal
Barranquilla

Una vendedora de rosas compró tres casas en Barranquilla, producto del esfuerzo de más 40 de años de trabajo. Sus inquilinos le deben varios meses de arriendo, por lo que los citó a una audiencia.

Milagros es un personaje y no hay adjetivo costeño más versátil, abierto y significativo que ese. Ser un personaje no es solo llamar la atención de manera espontánea y no tener pelos en la lengua para decir las cosas.

Para ser un personaje, de esos que se quedan en la retina de los demás para siempre, hay que ser autóctono y tener una personalidad arrolladora. Hay que causar una primera impresión duradera, pero que no sea fingida, y ganarse la admiración secreta de todo el que lo mire. Ser un personaje no es tarea sencilla, pero ese es el secreto de Milagros y todos los que son como ella. Es algo que no se ensaya; ser un personaje es algo que fluye.

Milagros es una mujer morena, de contextura gruesa y con un tono de voz peculiar. Tan peculiar, que puede pasar de un susurro dulce, o un comentario inocente, a un alarido lleno de vulgaridades y maldiciones, que generalmente le dedica a sus enemigos o a los que no le pagan, algo que, según dijo, detesta con un odio profundo. Casi en igual medida, pero no en las mismas proporciones, aborrece la vagancia y que las personas no sirvan para trabajar. Ella misma, por contar un caso, lleva 40 años vendiendo flores a las afueras del Cementerio Universal de Barranquilla. A base de esfuerzo y sudor, dice ella, se compró tres casas y le pagó la universidad a su hija. Milagros es su propio ejemplo de vida.

Pero detrás de su armadura de mujer fuerte y elocuente se esconde su verdadero rostro: el de una persona de la tercera edad, solitaria, que cada vez observa –a pesar de sus triquiñuelas y maniobras para cobrar plata– que los demás no la respetan y le pasan por encima. Por esta razón Milagros carga una enorme zozobra, una tristeza que la llevó a un juzgado de paz.

En una de sus casas, que arrendó para recibir un ingreso fijo todos los meses, los dos inquilinos no le quieren pagar el arriendo. El del primer piso, vendedor de zapatos, y el del segundo, policía, “se están haciendo los pendejos” hace más de 60 días, contrayendo con ella una deuda que supera los tres millones de pesos.

Y es que ella es una mujer que está sola. Según dice, su hija, que es tan bonita que no le creían que era de ella y por la que la acusaron de ser una barriga de trapo, ya está terminando la carrera y posiblemente se vaya a estudiar a Europa. Tanto es el amor por ella, que Milagros cuenta que durante el embarazo le tocó tomarse fotos “en bola” para demostrarle al mundo entero que esa niña sí era su hija, la misma que todo este tiempo después sigue cautivando con la misma belleza, como su mamá cuando era joven.

Al despacho acudió sobria, maquillada y con las uñas pintadas. Llevaba puesta una réplica de la camisa de la Selección Colombia, con la que jugaron el mundial de Rusia, y unos jeans. Ella había citado a los dos morosos a audiencias consecutivas. Una era a las 10:00, con el vendedor de zapatos, y la otra a las 11, “con el bollón del policía”. “Ese se cree que como es policía no me va a pagar mi plata. Yo no soy boba ni caída del zarzo”, propinó Milagros furiosa al entrar a la oficina, regodeándose como un animal que saca sus espuelas antes de un combate a muerte.

Milagros y Fabio durante la conciliación.
Milagros y Fabio durante la conciliación. Josefina Villarreal

Pero dentro del ring no había nadie, aunque esa no sea la palabra correcta para definir el despacho. La oficina estaba desocupada, a excepción de la juez de paz y su secretaria. En el escritorio había unos cuantos papeles y una estatua con el símbolo tradicional de la justicia: una mujer vendada con una balanza en la mano derecha. Dentro había tranquilidad y silencio, pero Milagros lo alteró todo con sus historias enmarcadas con risotadas alegres y escandalosas.

Pasados unos minutos el vendedor de zapatos entró a escena. Fabio es un hombre joven, de nariz chata y pelo corto, y con un bolso corto amarrado a su hombro derecho. Llegó al despacho con el uniforme de la tienda y con rostro preocupado: labios fruncidos y frente arrugada. Sin perder mucho tiempo se sentó junto a Milagros y frente a la juez, dándole inicio así a la primera audiencia del día.

Después de la bienvenida, el saludo y el protocolo, Milagros le explicó a la juez que la deuda de Fabio era de $1.800.000, lo equivalente a tres meses de arriendo. Eso, sin sumar los compromisos pendientes con las empresas de servicios públicos de Barranquilla. El hombre no había cambiado el semblante en los minutos que pasaron mientras la propietaria de la vivienda explicaba el motivo de la audiencia. Más que preocupado por la deuda parecía intimidado por Milagros, que lo acusaba sin pausa ante la mediadora.

“Si uno cría un huevito espera un pollito. Por eso es que yo compré esas casas, para arrendarlas y que me entre mi platica mensual. Yo lo que quiero es que él me pague esa plata en dos o tres partidas y fuera... no quiero tener nada que ver con él”, dejó en claro Milagros, ante el silencio nervioso de Fabio. “Yo he sido muy generosa con él, pero ya no puedo esperar más. Siempre tiene una excusa para no pagarme”, agregó.

Fabio, envalentonado, tomó la palabra para explicar su situación. A pesar de haber entregado una cédula colombiana durante la identificación previa a la audiencia, el acento en el que pronunció su discurso era enteramente venezolano. “Lo que pasa es que yo gano en base a las ventas y, como saben, estos meses son muertos. Además, a mi esposa, que es profesora, solo le pagan $250.000 por ser venezolana. Yo le pido que me dé un plazo, doña Milagros, hasta diciembre que es cuando las ventas se ponen buenas. Apenas pague le juro que me mudo”, le dijo.

“Pero es que eso es mucho tiempo... tú lo que eres es un bandido, otra señora que yo tenía arrendada me pagó y se fue de una vez”, le contestó Milagros. “Si tu hijo no está haciendo nada por qué no lo pones a trabajar y que me pague. Míralo, lo tienes mal criado, ese pelao está más grueso que tú”.

La juez le pidió a Milagros que escatimara en ese tipo de comentarios que no aportaban al tema a conciliar. Retomando el hilo de la audiencia, la mediadora le preguntó a Fabio qué otra propuesta tenía para solucionar el problema. “Yo voy a vender un carrito de perros que no me funcionó y prometo que en dos quincenas pago la plata. Pero usted entiéndame, doña Milagros, yo no tengo ese $1.800.000, déjeme le pago $1.200.000 y se libra de mí”, intervino el hombre.

“Bueno... bueno... está bien... pero págame ese $1.200.000 y yo veo si te eximo de esos $600.000, pero habla bajito para que el policía no te escuche. No vaya a creer que yo soy blanda”, le dijo Milagros a Fabio, que se abalanzó sobre ella para darle un abrazo. “Gracias, gracias”, espetó antes de corregir con un sonido gutural. “Ejem... ejem... sí, doña Milagros, yo le voy a pagar su plata completa a tiempo”. La mujer le guiñó un ojo y le dedicó una sonrisa.

Saliendo Fabio del despacho entró Mario, el policía, que había estado varios meses fuera de la ciudad pues le habían asignado un puesto en los Llanos Orientales. “De este sí no me dejo. Así esté en la conchinchina yo hago que lo saquen de donde esté viviendo”, había dicho Milagros al comienzo de la primera audiencia, cuando la juez le preguntó por el hombre que ahora estaba sentado a su lado.

Mario le debe dos meses de arriendo, pero también $5.000.000 de un préstamo que hicieron en conjunto. El hombre, que acudió junto a su esposa, le pidió a su cónyuge que no peleara ni se dejara alterar por las declaraciones de la propietaria, que subió el tono de voz al referirse a este caso en particular.

“Ese préstamo lo hizo usted, señora, y es en total de $20.000.000. Como no le alcanzaba para pagar las cuotas mensuales me prestó $5.000.000, por los que pago una cuota mensual de $150.000. Es más, los dos meses de arriendo que le debo se los voy a pagar. Pero es que ella es cosa seria, señora juez, como sabe que a los policías nos pagan el 28 llega a acosar a mi esposa, que no sabe cómo quitársela de encima.

Con hastío y desespero en la voz, Milagros le aclaró a la juez que ella “no quería tener nada que ver con ese señor”. “Hoy le notifico que cancelo el contrato de arriendo, así que tiene tres meses para buscar a dónde se va a mudar. Yo no lo quiero en mi casa”. Con respecto a la plata, la petición de Milagros fue que Mario siguiera pagando la cuota mensual, pero que primero le pagara lo de su casa.

“Trato hecho, entre menos tengamos que lidiar con ella, mejor”, dijo el hombre antes de firmar el acta y abandonar el despacho. Milagros, satisfecha, se despidió de la juez con su alegría característica. En dos horas de aquella mañana solucionó dos “chicharrones”, ahora solo tiene que esperar que le cumplan.

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