El Heraldo
El techo de esa casa tenía muñecas descabezadas.
Barranquilla

Historias de fantasmas | La casona del barrio El Recreo

Económicamente no estábamos muy bien. Pero eso no fue nada, con lo que vino después.

Por Natalia Andrea
Usuario Wasapea*

La historia no la recuerdo mucho. Aún hablo sobre ella en las noches con mi familia y en las reuniones con los amigos de la infancia, solemos hacer bromas y chistes sobre lo que pasó hace más de diez años.

Cuando nos mudamos a la enorme casona del barrio El Recreo yo tenía seis años. Antes, allí vivían mis tíos, pero se mudaron porque se separaron. Mi tía decía que esa casa “tenía un ambiente pesado”. En ella vivimos tres años y la verdad no entiendo cómo aguantamos tanto tiempo, luego de todas las cosas que nos pasaron. Me dice mi mamá que al mudarnos a esa casa todo empezó a ir mal. Ella decidió renunciar al trabajo porque mis hermanas y yo pasábamos llorando todo el tiempo, y aunque nos cuidaba Yoya, no era lo mismo. Recién mudados, Yoya se quedaba en la casa con nosotros, dormía en el último cuarto y decía que en las noches sentía que algo o alguien la miraba.

Recuerda mi papá que el dinero no rendía y siempre estábamos “alcanzados”. Económicamente no estábamos muy bien. Pero eso no fue nada, con lo que vino después.

Luego de un mes de vivir allí, en las noches, las luces se apagaban y encendían solas, con el televisor sucedía lo mismo. Las puertas y ventanas se cerraban. Recuerdo que mi cama solía estar ubicada al lado de una ventana que colindaba hacia un estrecho pasillo de la casa, y siempre escuchaba que golpeaban los vidrios. Sentía pánico, me petrificaba en la cama. Mis padres y mis hermanas lo veían, lo escuchaban también.

En una ocasión, mi mamá y yo nos estábamos bañando juntas y en el piso empezaron a salir unas “culebrillas” y “gusanillos”, quizás con el tiempo logramos acostumbrarnos a esos extraños sucesos, pero a esa edad, tan pequeña, vivía con miedo, con susto de dormir sola, aún en mi propia cama.

Mis papás tenían la sensación de que alguien los miraba y los acechaba. 

En algún momento tuvieron que mandar a arreglar el techo y cuando levantaron las tejas, encontraron una cantidad de muñecas negras con alfileres, muñecas de trapos cocidas, descabezadas, limones secos, insectos muertos y muñecos de paja con agujas. Ese día, tomaron la determinación de llamar a un sacerdote para que orara la casa, unos meses después nos mudamos.

Los siguientes inquilinos eran un matrimonio joven. El esposo resultó siendo el dueño de una empresa de papel, al que metieron preso y terminó separándose de su esposa. Según nos contaron tiempo después, el hombre salió de la cárcel.

Quizás esta experiencia me dejó tan marcada que por eso no veo películas de terror, aunque sean “hueseras”. 

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