No hay nada permanente en este malvado mundo, ni siquiera nuestros problemas”, dijo alguna vez el célebre actor Charles Chaplin, pero si hay alguien capaz de contradecir con creces esa expresión es Norma Jeane Mortenson, o como el mundo la conoció, la conoce y la seguirá conociendo: Marilyn Monroe.
Este 1° de junio se cumplirá la módica suma de un siglo, cien años, 1.200 meses, 36.500 días, desde que una niña diminuta de cabello cobrizo abrió los ojos por primera vez en el pabellón de caridad del Hospital General de Los Ángeles, Estados Unidos.
Marilyn Monroe cumpliría cien años, y lo más fascinante de este aniversario redondo no es que su imagen visual siga intacta, sino que apenas en esta época contemporánea empezamos a entender en su totalidad quién era verdaderamente.
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Una infancia rota
Para entender la magnitud del fenómeno cultural, resulta imperativo desenterrar las raíces más profundas de su historia. Norma Jeane creció viviendo como una encomienda, pasando de mano en mano sin destino fijo. Su madre, Gladys Pearl Baker, trabajaba horas interminables cortando negativos de películas en los laboratorios de los estudios RKO, pero su mente era un laberinto frágil que terminó encerrándola en diversas instituciones psiquiátricas debido a la esquizofrenia.

Sin la figura de un padre presente en el acta de nacimiento y con una madre ausente por la fuerza de la enfermedad, la infancia de la futura estrella internacional fue un triste desfile por unos diez hogares de acogida y una larga temporada en el frío orfanato de Los Ángeles.
A la edad de dieciséis años, la única salida viable que encontró para no volver a ser tutelada y controlada por el estado de California fue contraer matrimonio con un joven vecino del barrio llamado James Dougherty. Fue claramente una boda orquestada por pura supervivencia económica y emocional, no por amor.
La mente detrás
Los primeros pasos dentro de Hollywood no fueron exactamente un cuento de hadas con final feliz garantizado. Firmó algunos contratos temporales y fugaces con gigantes como Twentieth Century Fox y Columbia Pictures que terminaban desvaneciéndose.
Sobrevivió duramente haciendo papeles minúsculos y trabajos como extra hasta que dos películas aclamadas en el año 1950 la pusieron definitivamente en el mapa de los grandes ejecutivos: La jungla de asfalto y La malvada.
Aunque sus apariciones en pantalla eran muy breves, la sala de cine entera temblaba de expectativa cuando ella pronunciaba sus líneas con esa característica voz susurrante y entrecortada, un tono vocal específico que desarrolló junto a terapeutas del lenguaje para ocultar un persistente tartamudeo que arrastraba desde su difícil infancia.

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La implacable maquinaria comercial de los estudios de cine la encasilló de forma inmediata. A partir de ese momento sería “la rubia tonta” o la chica materialista, pero de corazón inocente, que volvía locos de deseo a los hombres de su entorno.
Con películas sumamente taquilleras como Los caballeros las prefieren rubias y Cómo casarse con un millonario, ambas estrenadas en 1953, Marilyn perfeccionó el arquetipo cómico.
Pero la gran ironía de toda la historia del séptimo arte es que se necesita indispensablemente a una mujer muy inteligente para convencer a millones de espectadores de que es completamente tonta. Marilyn leía con avidez las complejas obras de León Tolstói, James Joyce y Walt Whitman en su camerino durante los tiempos muertos entre las tomas de grabación, mientras los arrogantes ejecutivos de traje oscuro pensaban equivocadamente que ella apenas sabía atarse los zapatos por sí misma.
“Era una mujer compleja y le encantaba leer, el arte, el cine, y creo que era una artista realmente creativa. Espero que estos objetos cuenten la historia de cómo estaba moldeando esa imagen pública”, indicó a EFE Sophia Serrano, curadora asociada en el Museo de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.
Para Carmen Viveros, doctora en comunicación, “la importancia en el mundo del cine se la ha dado el cine mismo por los múltiples reconocimientos que se le han hecho y no solo hablo de los premios que obtuvo, sino que en dos décadas de trabajo hizo una carrera que, por números, uno puede evidenciar su capacidad de trabajo, supo ganarse su espacio como actriz, modelo, cantante y empresaria”.
Asimismo, su valor para las mujeres de su época fue importante gracias a que “es considerada como una de las pioneras en el feminismo de los años 60 porque supo poner a su favor su sex appeal para reivindicar el papel de la mujer en la sociedad”.
Allí fundó su pionera empresa productora independiente, Marilyn Monroe Productions, y se matriculó valientemente en el prestigioso y exigente Actors Studio bajo la estricta tutela del legendario maestro Lee Strasberg. Quería por encima de todo ser tomada en serio en su profesión.

Su regreso triunfal a la pantalla grande con la película dramática Nunca fui santa silenció por completo a todos los críticos de arte más escépticos. Y poco tiempo después llegaría Una Eva y dos Adanes en 1959, la aclamada y perfecta comedia dirigida por Billy Wilder por la que ganó el galardón a Mejor actriz de comedia o musical, coronando un palmarés que crecería con tres preciados Globos de Oro.
Pese a su éxito, la vida sentimental de Marilyn fue desastrosa. Se casó con la leyenda del béisbol Joe DiMaggio, una boda que solo duró nueve meses. También contrajo nupcias con el aclamado dramaturgo y escritor Arthur Miller. Tuvo varios abortos espontáneos y no pudo dar continuidad a su legado.
Un mito rubio
El fotógrafo de la Armada David Conover apareció en las instalaciones de la fábrica de Radioplane buscando levantar la moral de las tropas aliadas con imágenes optimistas de mujeres jóvenes colaborando activamente en el esfuerzo bélico nacional.
Cuando este hombre enfocó por primera vez su lente fotográfico en aquella trabajadora de overol manchado de grasa industrial descubrió de inmediato una fotogenia salvaje que desafiaba cualquier lógica visual.
La cámara no solo se limitaba a retratarla; la cámara sencillamente la amaba con devoción. Norma Jeane era muy astuta y entendió rápidamente que ese lente de cristal era su pasaje dorado de salida hacia una vida mejor.
En cuestión de pocos meses, se divorció de su marido ausente, se decoloró su cabello oscuro natural mediante procesos químicos continuos hasta llegar a ese icónico rubio platino casi radiactivo y comenzó a trabajar sin descanso modelando para revistas ilustradas. Decidió cambiar su nombre de forma oficial.
Tomó el apellido de soltera de su abuela materna, Monroe, y pidió prestado el nombre de pila de la popular estrella de los escenarios de Broadway Marilyn Miller.



















