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El apodo ‘Ramayá’ que inmortalizó al maestro Pedro Agustín Beltrán Castro, flautista y folclorista de la Costa Caribe colombiana, no nació como un sobrenombre heredado desde la infancia ni como parte de su apellido artístico original.

Su origen está directamente ligado a un éxito musical que marcó un antes y un después en su carrera en 1975.

En ese año, la agrupación La Cumbia Moderna de Soledad, dirigida por el propio Beltrán, grabó una versión en ritmo de cumbia del tema “Ramaya”, popularizado originalmente por el músico mozambiqueño Afric Simone.

La canción, difundida en el Caribe colombiano bajo el sello Tropical, fue interpretada en la versión local por el cantante soledeño Juan Herrera y rápidamente se convirtió en un éxito en casetas, verbenas y emisoras populares.

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El impacto fue tal que el público comenzó a identificar al flautista no solo como Pedro Beltrán, sino como el hombre detrás de aquella versión que sonaba por todas partes. En poco tiempo, los animadores de eventos y locutores empezaron a presentarlo como “Pedro Ramayá y su Cumbia Moderna”, consolidando el nuevo nombre artístico.

El propio Beltrán ha contado que el apodo terminó “pegándose” de forma definitiva, al punto de que ya no pudo desprenderse de él en el ámbito musical. Desde entonces, su identidad artística quedó ligada para siempre a ese éxito que conectó la cumbia colombiana con sonidos africanos y caribeños.

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Así, “Ramayá” no es un apellido heredado ni un alias escogido por estrategia de imagen: es el resultado del poder de una canción que cruzó fronteras, encendió las fiestas del Caribe y bautizó a una de las figuras más importantes de la flauta de millo en Colombia.

Hoy, hablar de Pedro “Ramayá” Beltrán es hablar de un legado donde el apodo es, en sí mismo, una pieza viva de la historia musical del Caribe.