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En ese momento no parecía gran cosa. Un garaje, unas cuantas herramientas y dos jóvenes convencidos de que estaban haciendo algo importante, aunque nadie más lo viera así. Era mediados de los 70, y mientras los computadores seguían siendo asunto de expertos, Steve Jobs y Steve Wozniak estaban empeñados en acercarlos a la gente común.

De ahí salió el Apple I, una máquina básica que había que terminar de armar. En ello también estuvo el empresario Ronald Wayne, quien ayudó a poner todo en regla al inicio, pero el proyecto apenas arrancaba cuando este decidió irse. Vendió su parte por 800 dólares, sin saber que estaba soltando una de las historias más grandes de la tecnología.

Lo que casi nadie recuerda es que hubo un tercero en esa historia. El empresario Ronald Wayne, de 41 años, el mayor del grupo, fue quien redactó a mano el primer contrato, pero apenas 12 días después de fundada la empresa decidió irse y vendió su participación por 800 dólares.

El 1° de abril de 1976 quedó fundada Apple. De un lado, Wozniak, figuraba como el ingeniero brillante que armaba circuitos con una sencillez que en su época no supieron valorar. Del otro, Jobs, el que veía más allá, ya que, entendía que un computador no tenía que ser un aparato complicado, sino una herramienta útil para cualquiera. “Bicicletas para la mente”, decía.

Archivo particularSteve Jobs (izq), John Sculley (centro) y Steve Wozniak (derecha), en los primeros años de Apple.

El Apple I se vendió como un kit, no fue nada sofisticado. Apenas unas 200 unidades, muchas de ellas a través de una tienda en Mountain View que decidió apostar por ellos cuando nadie más lo hacía, pero fue suficiente.

Cincuenta años después, esa idea se multiplicó. Bajo el lema de “pensar diferente”, la compañía celebra medio siglo convertida en una de las más influyentes del mundo, con productos que marcaron época y millones de usuarios.

Saltos y tropiezos

El momento en que todo se disparó llegó un poco después. Con el Apple II, en 1977, la historia dejó de ser un experimento de garaje para convertirse en un negocio real. Era un equipo más completo, más fácil de usar, y por primera vez muchas personas sintieron que podían tener un computador en casa.

La clave estuvo en VisiCalc, una hoja de cálculo que funcionaba en ese equipo. Las empresas comenzaron a verlo útil, práctico, necesario. Y ahí Apple dio el salto. En apenas tres años, ya estaba en la bolsa y cientos de empleados se hicieron millonarios de un día para otro.

Pero ese crecimiento también trajo presión. Con el Apple III quisieron apuntar directamente al mercado empresarial, pero el resultado fue un golpe duro. Salió con fallas serias, errores de fábrica que afectaron su funcionamiento y dañaron la confianza en la marca.

Mientras tanto, Steve Jobs iba por otro camino. En una visita a Xerox descubrió pantallas con ventanas, gráficos y un mouse. Intentó convertir eso en producto con Lisa (lanzado en 1983), pero el precio era tan alto que terminó pasando desapercibido.

Luego vino el computador Macintosh, que era más cercano y llamativo, con una presentación que quedó en la historia. Al principio funcionó, pero sus limitaciones lo frenaron.

Lo que vino después fue una etapa enredada. Había productos que no conectaban, decisiones que debilitaban la marca y una competencia cada vez más fuerte. A mediados de los 90, Apple perdía dinero y su futuro parecía incierto. Hubo quienes pensaron que ya no tenía salvación.

Jobs, con su carácter fuerte, terminó pagando el precio. Él mismo había convencido a John Sculley, en ese entonces presidente de Pepsi, de unirse a Apple con la icónica frase: “¿Quieres vender agua azucarada o cambiar el mundo?”, pero en 1985, ese mismo Sculley lo sacó de la empresa.

Después vino una de las etapas más difíciles. Apple lanzó productos como el Newton, adelantado a su tiempo, pero con fallas que lo volvieron motivo de burla, y permitió la aparición de clones que le quitaron mercado sin generar ganancias.

A mediados de los 90, la situación era crítica, ya que la empresa perdía millones cada año, sus acciones estaban por el piso y muchos pensaban que no tenía futuro. Incluso Michael Dell llegó a decir que lo mejor era cerrarla y devolver el dinero a los accionistas.

El regreso que cambió el rumbo

En 1996, Apple estaba contra las cuerdas y para intentar salvarse, compró NeXT, la empresa que había fundado Steve Jobs tras su salida. Con esa compra, el magnate nacido en San Francisco volvió.

Al llegar encontró desorden, divisiones enfrentadas y una compañía a un paso de la quiebra. Su respuesta fue inmediata. Recortó la oferta de productos a lo esencial, reorganizó la estructura interna y tomó decisiones incómodas. Incluso selló una alianza con Microsoft, su histórico rival, que le dio aire financiero en el momento más crítico.

Luego, Jobs entendió que Apple no solo necesitaba orden, sino identidad. De ahí nació Think Different, una campaña en la que se mostraba a Apple como símbolo de quienes se atreven a hacer las cosas distinto. Poco después, la empresa volvió a ser rentable.

A partir de ahí, todo se aceleró. En 1998 llegó el iMac; en 2001, el iPod junto a iTunes; y en 2007, el iPhone, que redefinió la forma en que el mundo se comunica. Luego vinieron el iPad, el Apple Watch y los AirPods, productos que además de venderse bien, marcaron tendencias.

Tras la muerte de Jobs en 2011, Tim Cook asumió el liderazgo. Bajo su mando, Apple alcanzó cifras históricas en bolsa, desarrolló sus propios chips y fortaleció el negocio de servicios, convirtiéndolo en una parte clave de sus ingresos.

Hoy, Apple sigue siendo un gigante, pero ya no compite sola. La inteligencia artificial se ha convertido en el nuevo campo de batalla y ahí esta compañía ha avanzado más lento que otros. A eso se suman retos como la presión global sobre su producción y apuestas recientes que no han tenido el impacto esperado.

Con Tim Cook acercándose al final de su ciclo, la compañía vuelve a estar en un momento clave. No es una crisis como la de los 90, pero sí una etapa de cambios, de decisiones que marcarán lo que viene. Lo que está en juego ahora no es solo mantenerse, sino seguir liderando en una industria que no da tregua.