La victoria de la vida sobre la muerte, la celebración como acto de resistencia y el Carnaval entendido como herencia viva encuentran una de sus expresiones más claras en la historia del Garabatico de la 8, un grupo que cumple 26 años de tradición y que en este 2026 alcanzó uno de sus mayores logros: la elección de uno de sus niños como rey Momo del Carnaval de los Niños.
Lea: La Gran Parada Departamental del Folclor, un plan que nadie debe perderse
Más que una danza, el Garabatico de la 8 es un semillero humano y cultural, donde niños y niñas han aprendido, generación tras generación, que la tradición no solo se baila: se vive, se cuida y se transmite.
La historia comienza en 1999, en el corazón de la carrera 8, cuando las hermanas Martha y Magaly Salas decidieron transformar un pesebre en vivo —en el que participaban más de 100 niños del sector— en un grupo folclórico que representara a su comunidad.
Lea: La reina Michelle floreció como una rosa en La Guacherna
“Los niños no tenían dónde participar, no existía un grupo que los acogiera. Entonces decidimos formarlo”, recuerda Martha Salas, directora del Garabatico.

Desde sus orígenes, la palabra vida ha sido el hilo conductor del proceso. No es casual que el garabato, danza que simboliza la lucha entre la vida y la muerte, haya sido escogida como insignia del grupo. Para Magaly Salas, esa representación tiene un significado profundamente personal.
“Viví esa batalla durante un embarazo de alto riesgo. El garabato representa resistir, levantarse y seguir adelante”, explica.
Con esa convicción, en enero de 1999 lograron organizar, vestir y preparar a más de 140 niños en tiempo récord. Días después participaron en la coronación infantil del Carnaval, convirtiéndose en uno de los primeros grupos infantiles estructurados de garabato en la ciudad.
Lea: Carlos Vives apela al romanticismo en ‘Te dedico’, el primer sencillo de su próximo álbum
A lo largo de su trayectoria, el Garabatico de la 8 ha acumulado 24 Congos de Oro, participaciones en eventos nacionales y presencia en desfiles de ciudades como Cartagena, Neiva y Santa Marta, con el Reinado del Mar. Sin embargo, para sus directoras el mayor logro no se mide en trofeos.
“No somos cantidad, somos calidad”, enfatiza Martha Salas.

Hoy el grupo está conformado por niños desde los tres años, adolescentes y adultos que crecieron dentro del proceso y que regresan ahora con sus propios hijos, cerrando un círculo de tradición y pertenencia.
Un pilar fundamental ha sido siempre el respaldo de las familias. Los padres participan activamente en rifas, bazares, logística, transporte y acompañamiento durante los desfiles.
“Sin ellos, esto no existiría”, afirma Magaly.
Ese trabajo colectivo ha permitido consolidar un carnaval infantil sano, enfocado en el respeto, la convivencia y la formación en valores.

Dentro del grupo abundan las historias de vida que confirman que el Carnaval también se hereda. Una de ellas es la de Edwin Angarita, quien lleva más de 25 años vinculado a la danza. Allí conoció a su esposa y hoy su hijo también hace parte del Garabatico.
“En esta danza conocí a mi esposa, Laura Muñoz, y hoy nuestro hijo Matías continúa el legado. Él veía las fotos y decía: –Mami pum pum–. Desde que entró al grupo ha cambiado mucho: el ritmo, la musicalidad, la pasión. Es un orgullo verlo seguir”, cuenta.
Similar es el caso de Miller Medina, integrante desde los siete años, quien hoy celebra ver a su bebé crecer dentro del proceso.
“Barranquilla es cultura, somos carnaval”, afirma.
Sobre su hijo, quien ingresó el año anterior, destaca cómo la música y los ensayos lo han vuelto más sociable y participativo. “Ya reconoce la música, sabe cuándo hay ensayo. Eso le ha ayudado muchísimo”.

Joshua, un rey formado en el semillero
El Carnaval de los Niños 2026 marcó otro hito para el grupo con la elección de Joshua Ortiz como rey Momo. Joshua llegó al Garabatico cuando tenía apenas un año y dos meses, y su elección fue el resultado de la constancia, el amor por la tradición y el carisma natural.
“Desde pequeño estaba en los desfiles. La gente se enamoró de él”, cuenta Martha.
La noticia fue celebrada por toda la comunidad. “Me sentí muy feliz. Quiero ser el mejor rey”, dice Joshua, quien ve al Garabatico como una segunda familia donde ha aprendido disciplina, responsabilidad y amor por sus raíces.
Lea: Cuatro obras del arquitecto Rogelio Salmona fueron postuladas como patrimonio de la Unesco
“Quiero que más padres traigan a sus hijos a los grupos y que la tradición siga creciendo”, afirma, soñando con ser recordado como el rey que llevó la tradición a otro nivel.
Más allá de la fiesta, el Garabatico de la 8 promueve un enfoque pedagógico del Carnaval.
“Aquí enseñamos que se puede gozar sin desorden, sin excesos y sin violencia”, explica Martha.
Los niños participan en desfiles libres de comportamientos inapropiados, priorizando la sana convivencia.
“Ellos son la guardia del Carnaval. Sin semillero no hay fiesta”, enfatiza.
Lea: Santo Tomás será un goce absoluto con su desfile y reinado intermunicipal
La historia de Magaly Salas también es ejemplo de resiliencia. Tras superar un infarto y una cirugía cardíaca, continúa al frente del proceso.
“Mientras Dios me dé vida, seguiré con ellos”, asegura.
Como defensora del patrimonio cultural y representante de los grupos infantiles, su trabajo se enfoca en preservar el semillero como base del Carnaval. En cada ensayo, desfile y presentación, el Garabatico de la 8 reafirma su papel como formador de ciudadanía y cultura.
Porque en la carrera 8 no solo se baila garabato. Allí se siembra, desde la infancia, el futuro del Carnaval de Barranquilla.
















