Desde que Iván Duque asumió el mandato el Ejército ha sido objeto de duros reparos y señalamientos.
Desde que Iván Duque asumió el mandato el Ejército ha sido objeto de duros reparos y señalamientos. César Bolívar

Ley del montes | Del lado del Ejército Nacional

El escándalo desatado por cuenta de unos pocos oficiales, entre ellos varios generales, no puede prestarse para hacerle daño a la Institución más apreciada por los colombianos. Análisis.  

Política

El escándalo desatado por cuenta de unos pocos oficiales, entre ellos varios generales, no puede prestarse para hacerle daño a la Institución más apreciada por los colombianos. Análisis.  

No parece gratuita la arremetida que vienen sufriendo las Fuerzas Militares del país -en especial el Ejército Nacional- desde que Iván Duque inició su mandato. Casi que podría decirse que desde el 7 de agosto del año pasado no ha habido un solo día en que nuestro Ejército no haya sido objeto de duros reparos y señalamientos. Estos cuestionamientos constantes y sistemáticos comenzaron con las denuncias por la supuesta reactivación de los llamados “falsos positivos”, a partir de una directriz del comandante del Ejército, general Nicasio Martínez, publicada por el diario The New York Times. De inmediato salió a la luz pública toda la historia oculta de las razones que habría tenido la revista Semana para no publicar lo que el periódico estadounidense dio a conocer poco tiempo después.

La noticia del Times fue reproducida por varios medios nacionales e internacionales y todo el escándalo llevó al Gobierno Nacional a dar las explicaciones respectivas, empezando por el propio general Martínez, quien precisó los verdaderos alcances de las instrucciones impartidas a los comandantes de batallones y brigadas.

Pese a la aclaración del comandante del Ejército Nacional, ya el daño a la reputación institucional había sido causado, pues muchos colombianos y extranjeros quedaron con la sensación de que en el gobierno de Duque “volvieron los falsos positivos”.

Luego han seguido múltiples publicaciones, tanto en Colombia como en el extranjero, incluyendo la más reciente del diario El País de España -que también cuestiona varias directrices del general Martínez- encaminadas a afectar de forma grave el buen nombre del que goza el Ejército Nacional, institución que cuenta con el respaldo contundente y masivo de millones de colombianos. Esa aprobación responde a la dedicación y entrega de cientos de miles de soldados que todos los días arriesgan su vida por sus compatriotas. El comportamiento corrupto y criminal de unos pocos no puede servir de pretexto para causarle un daño irreparable a la institución más apreciada del país.

Quienes están detrás de la ofensiva mediática contra el Ejército Nacional saben muy bien que el desprestigio institucional viene acompañado de la desmoralización de quienes portan con orgullo los uniformes de las Fuerzas Militares. Son cerca de 200.000 hombre y mujeres que están en entredicho por cuenta del comportamiento criminal de unos pocos, pero también por el manejo ligero de una información delicada que debe ser tratada con mucha responsabilidad. Pero eso poco les importa a quienes están moviendo los hilos detrás de todo el entramado y no paran mientes en el cumplimiento de su propósito perverso. Ellos saben muy bien que un Ejército sin moral no combate y un Ejército que no combate cae fácilmente en manos de sus enemigos. ¿Es eso lo que pretenden?

La conducta reprochable, cuestionable y condenable de algunos oficiales -incluyendo generales retirados- es presentada como una política institucional o como si se tratara de “un poderoso cartel”, dedicado al tráfico de armas, expedientes y salvoconductos. De esta forma afectan la reputación de una institución por cuenta de quienes deshonran el uniforme que portan.

En un país donde cada día son menos las instituciones que gozan de admiración y prestigio, no puede pasar desapercibido el plan de horadar el buen nombre del Ejército Nacional. Es necesario que los colombianos cerremos filas para defender a quienes entregan sus vidas por salvar las nuestras, sin que ello signifique -¡ni más faltaba!- complacencia e impunidad para con las “ovejas negras” del rebaño.

La mejor manera de empezar a recuperar el buen nombre del Ejército Nacional -sin duda afectado por los recientes escándalos- es ser implacables en la sanción a quienes pasaron de héroes a villanos. No puede haber condescendencia con quienes mancharon el uniforme y pisotearon el honor militar. El castigo para ellos debe ser ejemplar. Y en eso tampoco podemos equivocarnos.

¿Qué hacer ante el actual momento que atraviesa el Ejército Nacional?

La Institución por encima de mezquindades políticas

El presidente de la República es el Comandante Supremo de las Fuerzas Militares. Es él quien marca el derrotero que deben seguir quienes portan los uniformes de nuestras Fuerzas Armadas, incluyendo la Policía Nacional. El Presidente debe apersonarse de la situación que se vive dentro de nuestras brigadas y batallones. Debe conocer de primera mano lo que allí acontece. Punto. Es necesario que el Presidente se ponga el uniforme de nuestras Fuerzas Militares, porque es él quien encarna la unidad institucional. A diferencia de Juan Manuel Santos, que había sido Ministro de Defensa y que conocía muy bien la estructura interna de los batallones y brigadas, hasta el punto de poder acomodar fichas en cargos estratégicos, Duque carece de dicho conocimiento y eso limita la toma de algunas decisiones. Las Fuerzas Militares de Colombia no pueden convertirse en fortines de grupos políticos, ni pueden ser utilizadas para pasar cuentas de cobro. No pueden ser “istas”. Ni uribistas ni santistas. Deben ser -eso sí- institucionalistas y colombianistas. Es decir: la Institución y el País por encima de intereses particulares y de mezquindades.

¡Castigo ejemplar para los corruptos!

Los casos de corrupción que involucran a altos mandos del Ejército Nacional -incluyendo varios generales- deben ser esclarecidos cuanto antes. Es necesario que su situación se defina en el menor tiempo posible. Un general cuestionado o señalado de corrupción es un pésimo ejemplo para hombres y mujeres que ven en él no solo a un superior, sino un ejemplo a seguir. Y si luego de investigar los hechos denunciados se descubre que incurrió en faltas graves o que cometió algún tipo de delito su castigo debe ser implacable. No puede haber espacio en nuestras Fuerzas Militares para quienes hicieron de la corrupción un modo de vida. Las manzanas podridas deben sacarse del canasto. Dejarlas es correr el riesgo de que se pudran las demás. En estos casos ser condescendiente es ser cómplice. Aquellos generales que están siendo investigados -algunos ya retirados de la institución- deben responder por todos y cada uno de sus actos. Deben contar, como todo colombiano, con plenas garantías para su defensa. Los episodios en los que aparecen involucrados -algunos realmente aberrantes- deben aclararse para bien de la Institución.

¿Hasta cuándo los “guerreristas” contra los “pacifistas”?

Es evidente que la negociación con las Farc en tiempos de Santos terminó afectando la unidad de las Fuerzas Militares. Tanto es así que quienes expresaron en privado sus reparos a la mesa de La Habana fueron llamados a calificar servicios y debieron abandonar al Ejército Nacional. Muchos de los llamados “troperos” fueron descabezados, mientras los llamados “pacifistas” fueron promovidos con el beneplácito del Ministro de Defensa de la época o incluso del Alto Comisionado de Paz. Esa fractura -que no fisura- debe repararse cuanto antes y es el Presidente Duque el llamado a hacerlo. Hay oficiales que sostienen que desconocen cuál es la la línea que hay que seguir en el nuevo gobierno. Y ello es así -entre otras cosas- porque el ministro de Defensa, Guillermo Botero, no ha logrado enviar ese mensaje con claridad y contundencia. Botero también ha estado muy por debajo de las expectativas y su gestión no ha sido ni eficaz ni mucho menos eficiente. Cuando se tiene mando y poder se debe tener también admiración y respeto.

 

¿Qué hay detrás de los escándalos?

La ofensiva mediática nacional e internacional contra nuestras Fuerzas Militares -en especial contra el Ejército Nacional- obedece a un plan para afectar la credibilidad de la Institución en la que más creen los colombianos. Ese atosigamiento constante y sistemático no es es gratuito. Esa es la razón por la que unos casos aislados, reprochables y condenables, son presentados como si se tratara de una política institucional. De lo que se trata es de minar el prestigio labrado en más de 200 años de existencia, pues a diferencia de otros ejércitos de América Latina, el nuestro nació bajo el mando directo de nuestro Libertador, Simón Bolívar. De manera que no se trata de esconder la basura debajo de la alfombra. De lo que se trata es de que no haya basura que esconder. Y para ello se requiere del concurso de todos, incluyendo los medios de comunicación, que deben dar ejemplo del manejo responsable de la información.

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