El Heraldo
El recolector de sal Félix De la Hoz sentado en el terraplén de arena socavado, que resguarda las salinas. Christian Mercado
Barranquilla

Erosión costera amenaza con desaparecer a salinas de Galerazamba

Habitantes del corregimiento temen la desaparición de su principal fuente de trabajo. En la zona esperan comisión de Minminas para que revise la situación.

Recorrer las calles de Galerazamba un viernes en la mañana es, por instantes, lo más parecido a transitar un pueblo fantasma. Sus calles sin pavimentar, incluyendo la entrada desde la Vía del Mar al corregimiento, permanecen la mayor parte del tiempo solas. Miradas curiosas se asoman por las ventanas y puertas de las casas para ver a los fugaces transeúntes.

La historia durante años ha atribuido tal estado de desolación al proceso de privatización que empezó en 1992 y culminó en 2008 con la liquidación definitiva del Instituto de Fomento Industrial –IFI Concesión Salinas.

La entidad era la encargada de la explotación de sal en el territorio, pero con la mano privada se desvinculó la explotación minera del desarrollo local.

Para muchos habitantes de este corregimiento de Santa Catalina (Bolívar), ‘estar salado’ no es sinónimo de mala fortuna, pues cientos siguen obteniendo el sustento diario de sus familias de la explotación de sal en la zona.

Sin embargo, desde 1983, la erosión costera amenaza con desaparecer las salinas del pueblo y hoy ya comienza a afectar los depósitos de recolección. 

En una de ellas, en medio de montañas de cristales de sal que alcanzan el metro y medio de alto, Carlos Márquez, líder comunitario de Galerazamba, asegura que desde hace 15 años han advertido a las autoridades de la amenaza del mar, pero no ha habido ninguna medida de mitigación hasta ahora.

“La respuesta es que van a hacer una comisión con Invemar, el Minambiente y la alcaldía, pero es la misma de hace 15 años. No han venido a mitigar, a hacer unos espolones, las administraciones parece que no dimensionan la gravedad del problema. Aquí habrá desplazamiento si se mete el mar porque desaparecerá la principal fuente de trabajo”, advierte Carlos, mientras camina hacia el terraplén de arena que hace las veces de muro de contención, entre el mar y las salinas.

Mide seis metros de ancho y casi un kilometro de largo, pero su verdadera función es permitir el paso de los vehículos que recogen los sacos llenados con sal. Hace 17 días la embestida del mar partió unos 120 metros de esta pseudomuralla y entró a las salinas, sedimentando parte de ellas. En otros tramos parece que el agua mordiera literalmente el terraplén, dejándole curvas de socavación en el borde.

Desde la orilla llena de troncos y basura, se ven algunas piedras sobre la superficie del agitado mar. Carlos, de mirada pequeña y hablar pausado, afirma que la distancia entre estas y nosotros es de 150 metros, la extensión que la erosión ha robado durante 32 años a la costa de Galerazamba.

La preocupación por esta situación la reportaron los pobladores a EL HERALDO, a través del servicio Wasapea.

Explotación

Guillermo Meléndez Jiménez, de 69 años, es presidente de la veeduría ‘Trabajamos por Galerazamba’ y pensionado del IFI. En aquellas épocas, recuerda, la explotación de sal se daba en febrero, marzo y abril, y se le avisaba a los pobladores vecinos de Piojó, Arroyo Grande, Hibacharo, entre otros, para que vinieran a trabajar. No obstante, “la nómina estaba en unos 120 trabajadores, más los contratistas”.

Este veterano de piel oscura, característica común en la población zambuna (gentilicio de la zona), perteneciente al Consejo Comunitario de Comunidades Negras, observa con nostalgia el lugar donde llegó a sacar más de cinco mil toneladas de sal. Camina cerca de Carlos, pero su mirada se pierde por segundos entre las montañas del mineral y las canoas del depósito.

Hoy los meses de explotación, agrega, van de abril a agosto, y la empresa privada  Salinas de Galeras S.A.S. paga $20 mil por tonelada.  Señala que la actividad ha decaído y que unas 400 familias de Galerazamba y los pueblos vecinos dependen de esta.

José Alfredo Gutiérrez, administrador de la empresa Salinas de Galeras S.A.S., asegura que ante la emergencia provocada por el mar, la compañía actuó de manera rápida y cerró el hueco del terraplén. No obstante, teme que el agua vuelva a pegar fuerte y rompa de nuevo el muro.

“Nos quitó área de trabajo y el problema está latente porque si no se hacen obras de mayor envergadura, ese jarillón en dos meses se vuelve a partir. Ya le informamos al Ministerio de Minas porque el dueño del área es el que tiene que meterse la mano al bolsillo. Nosotros tenemos una concesión por 30 años”, puntualiza. Según los registros de la empresa, Salinas está produciendo en los últimos años un promedio de 18 a 20 mil toneladas de sal por año. La mejor cosecha, recuerda el administrador, fue en 2003 con 31 mil toneladas.

Trabajadores

El proceso de extracción se da a través de la evaporación del agua salada. Se seca el mineral y es recogido con pala y guantes. Balmiro Meléndez, lleva 40 de sus 59 años dedicado al oficio. Es padre de cinco niños y cuando no hay temporada de explotación se dedica a la agricultura  en fincas, cultivando yuca y maíz.

“La sal es el plato fuerte de aquí. La recogemos de 12 de la noche a 7 de la mañana. En el día no porque el agua es muy caliente”, expresa, mirando una de las charcas.

De repente, al otro lado del terraplén, un cuarto zambuno se aproxima a las salinas. Es Félix de la Hoz, mejor conocido en la comunidad como El Chuva. De cabellera ceniza y piel de bronce como los demás, este recolector de 70 años lanza una frase lapidaria que conjuga los efectos que acarrea la pobreza, la precarización y el desempleo en el imaginario de algunas personas que viven en comunidades olvidadas por el Estado.

“Si desaparecen las salinas  muchos nos iremos a la ciudad. ¿Qué pueden hacer personas como yo que no saben hacer más ná? Robar, no voy a morirme de hambre”, sentencia el hombre, después de una leve mueca. Bebe un sorbo de la chicha de maíz que trae  y la comparte con Guillermo. Nadie le da importancia al comentario.

Contrato

Félix camina con relajo y se sienta en el borde del terraplén a mirar la orilla. Su silencio dura poco y advierte que él ya no recolecta sal con contrato, pero que de igual forma los que lo hacen firman un “documento ficticio”.

“Si te partes un brazo, la empresa no responde. Yo regué copias de ese contrato y me cogieron rabia. Me tocó comprar pala, medias y botas porque ya no me dan nada”, comenta. Carlos asiente al escuchar y agrega que básicamente es un contrato verbal, el cual no tiene prestaciones.

Ante la denuncia, el administrador José Gutiérrez la refuta. Afirma que los trabajadores “están afiliados a todo. Tienen todas sus garantías, tienen su salud, tienen su ARP”, y advierte que no pueden poner una nómina pareja porque “todos no rinden lo mismo”.

Población

Antes de la privatización en los 90, los habitantes de Galerazamba cuentan que el desarrollo local gozaba de cierta bonanza con obras como la de un teatro, un casino y viviendas para los trabajadores de la compañía, todo construido por ingenieros contratados por el Banco de la República. Hoy el desarrollo está estancado y el abandono es evidente.

El pueblo no tiene un CAI. Su sistema de alcantarillado está en un 30% y tienen un solo puesto de salud, al que cada dos días llega un médico rural, sin sala de partos. La ambulancia más cercana está en Lomita Arena y según el testimonio de algunos zambunos, el tiempo del trayecto ya ha cobrado cuatro vidas. El sistema eléctrico presenta fallas y el agua no es potable. Para la esperanza de las nuevas generaciones, en Galerazamba hay un CDI y tres colegios, del cual uno pretende convertirse en mega.

“Algunos dicen que Galerazamba está salado por las salinas, pero esto es una bendición. Es lo mejor que la ha pasado a este pueblo, pero no le hemos dado la importancia que merece”, concluye Carlos al lanzar un cristal de sal contra una montículo blanco. Un cerro de esfuerzo, sudor y lágrimas. Sal al fin y al cabo que no alcanza a aderezar la desidia en Galerazamba.

Punto crítico

El director del Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras – Invemar - el capitán de navío, Francisco Arias Isaza, afirmó a EL HERALDO que fueron consultados por la Gobernación de Bolívar y vienen acompañando una triada de medidas. En el diagnóstico de la entidad, la costa de Galerazamba es uno de los puntos críticos de erosión en el Caribe, así como el Golfo de Morrosquillo, Turbo, Arbolete, Riohacha y San Andrés y Providencia. “En esa zona durante años hubo extracción de gravas o piedra china, lo cual seguramente contribuyó a generar el efectos de erosión. Este es inexorable, cuando empieza no para hasta comerse toda la playa”.

 

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