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MARTIN HERRERAGabriel Jessurum

Parecía imposible ver a uno de los mejores jugadores sudamericanos de todos los tiempos en un bar de poca monta y en el estado de alcohol en el que se encontraba.

Hugo El Cholo Sotil, el mismo del que afirman que podía driblar a todo un equipo en una jugada seguida, el que llenaba estadios, el que hizo dupla fantástica con Cubillas, primero, y luego con Cruyff, en el Barcelona, estaba delante de mí compartiendo con amigos como si su Selección hubiera ganado la Copa Mundo o como si sus años de fiesta no hubieran sido suficientes.

Me vio y me saludó como si fuera un amigo más del municipio de Ica, donde nació. Por supuesto, no tenía ni idea de quién era yo, ni sabía las mil prevenciones que me hicieron colegas por el recurrente cambio de temperamento del Cholo.

Entré hablándole de mi nacionalidad y luego preguntándole por aquella Copa América de 1975, donde llegó a última hora para el tercer partido de desempate frente a nuestro país. Sotil, quien ya era figura mundial en ese momento y jugaba en el FC Barcelona de España, no pudo actuar en los cotejos anteriores y solo representó a los incas en el último partido: 'El Barcelona no quería darme permiso y me tuve que venir al Perú sin decirles nada, pero estaba tan contento por las actuaciones de mis compañeros que les regalé relojes a todos para premiarlos. Cuando el Barcelona se dio cuenta de que no estaba, mandó a un funcionario para que me supervisara hasta en la comida. Lo que no contaba era que yo ahí jugaba de local, y me le pude escapar por la puerta de la cocina para irme a festejar. El tonto se quedó en la puerta del hotel y juraba que yo estaba en la habitación…', comenta entre risas el legendario peruano.

Hugo sigue feliz como un adolescente en plena fiesta, mientras baila, se ríe, toma varios vasos de un licor que confieso no conocer y pide un plato de comida mientras me dice: 'Mira, Colombia, lo importante es estar vivo y ser buena persona. Del Cholo podrán decir lo que sea, pero menos que no fue leal, te conté lo de los relojes para que te dieras cuenta que siempre fui buen compañero, amigo de mis amigos en todas partes donde jugué. Algunos me dirán borracho y fiestero, pero para mí el fútbol no era una profesión, era algo que disfrutaba mucho hacer y que me pagaban por eso'.

La fiesta continuaba y cada vez era más difícil acercármele, su estado de alcohol iba aumentando y cada que sonaban determinadas canciones, muchas veces entonadas por un cuarteto de cuerdas en vivo, Sotil se levantaba, movía sus caderas de una manera muy lejana a como lo pudo hacer en sus años dorados.

Cholo se les llama en Perú a las personas que tienen sangre y características indígenas en su cuerpo. Así lo bautizaron desde sus inicios, y con orgullo lleva ese sobrenombre. Entre sus logros no solo está el haber actuado en el gran Barcelona de España, sino haber sido figura del Alianza Lima, haber participado en dos Copas del Mundo con la selección peruana, integrado varios equipos de estrellas de América y ser recordado como uno de los grandes jugadores sudamericanos en el fútbol de la Madre Patria.

Por si esto fuera poco, protagonizó una película de cine llamada: El Cholo, la rubia y el fútbol, junto a la vedette peruana de ese entonces Nancy Gross, con quien sostendría un romance y, años después, un juicio por demanda de alimentos. 'Nunca he visto la película, gracias a Dios, pero un amigo que me trajo hasta acá afirma que es la peor actuación de la historia del cine'.

Mucho se cuenta de la fortuna que despilfarró Sotil en autos lujosos, mujeres y bebidas: 'A mí la verdad nunca me ha importado el dinero. ¿De qué vale que me entierren en un ataúd de oro si voy a ir a parar al foso? Por eso, ¡cómo me encanta esa letra salsera de El Gran Combo Que me lo den en vida', afirma el peruano, mientras señala una copa más hacia al cielo y yo intuyo que ya es hora de partir, porque se está aburriendo de mí.

De su selección no quiso hablar, solo me comentó que tiene la sensación que los directivos no planifican proyectos a largo plazo, sino con la inmediatez de una eliminatoria o una Copa América. Y hasta ahí, no quiso hablar más conmigo… ya se paró y me di cuenta de que era una irresponsabilidad seguir preguntándole algo por el estado en el que se encontraba.

Lástima, me hubiese gustado preguntarle por Cruyff, por la final en Caracas de esa Copa de 1975 o que si jugara hoy se comportaría igual que hace 40 años. Cuando lo vi caminar hacia el baño, fue cuando me percaté de que tenía una camiseta del Barcelona con el número de 10 de Messi en su espalda; el mismo número que alguna vez fue suyo, y no supo inmortalizar.

Por Gabriel Jessurum
Especial para EL HERALDO