En video | “Mi primera medalla la gané descalzo, con suela de callos”: Anthony Zambrano

El atleta del registro de Atlántico y ganador de dos medalla de oro en los Panamericanos, estuvo este martes en EL HERALDO hablando de su experiencia en Lima.

Por: Edson Cabeza Jabba @ECabezaJabba

El atleta del registro de Atlántico y ganador de dos medalla de oro en los Panamericanos, estuvo este martes en EL HERALDO hablando de su experiencia en Lima.

El pasado lunes, antes de caer la medianoche, Anthony Zambrano (17 de enero de 1998) no le falló la cita al gran amor de su vida. Acompañado de unos mariachis, el atleta del registro del Atlántico llegó desde Lima para celebrarle el cumpleaños a su madre Miladis, quien ese día llegaba a los 43 calendarios. No le importó el cansancio tras la gran exhibición en la pista del estadio Atlético de la Videna que lo vio ganar dos preseas históricas de oro en los Juegos Panamericanos. Anthony, nacido en Maicao, La Guajira, pero residente desde los dos meses de nacido en Barranquilla y, de sus propias palabras, “un barranquillero más”,  necesitaba el abrazo sincero de su progenitora.

Fue en unos Juegos Supérate, representando al colegio María Cano, donde Anthony empezó su romance con el atletismo. Un contacto crudo porque la carencia de unos zapatos aptos para correr no le dejaron más opción que hacerlo descalzo, retando al clima e incluso arriesgando su propia integridad. Empero, su talento, en los 300, 150 y 80 metros, nubló a sus contrincantes para celebrar sus primeras medallas. 

“Yo no me cansaba. Jugaba fútbol y corría de un lado para el otro. El profesor de Educación Física (Ezequiel Suárez) me dijo que tenía buena gasolina y que por qué no corría. Le dije que sí y luego llegaron unos muchachos haciendo una convocatoria para unos Juegos Supérate. Fuimos a la Universidad del Atlántico, ese día me llevé unos ‘chavitos’ de 20 mil pesos, de esos ‘agáchate y cógelos’. Si corría con ellos, estallaban. El profesor me dijo que corriera en medias, pero tampoco quería dañarlas, así que lo hice descalzo, en los 300 metros y con ese solazo, que no es lo mismo. Corrí, me gané mi medallita y estaba más contento que cachaco en playa. Mi primera medalla la gané descalzo, con suela de callos, porque sí tenía bastantes (risas)”, rememora el mejor exponente del país en los 400 metros planos e integrante del equipo de relevos 4x400. 

A partir de allí su vida cambió. El mismo docente, Ezequiel Suárez, le aconsejó ir a la Liga de Atletismo del Atlántico para seguir explotando su potencial. Es ahí cuando aparece el actual dirigente de la Liga Orlando Ibarra, quien le obsequia sus primeros pares de zapatos al ver el diamante en bruto que llegaba a sus manos.  

“Orlando ha sido un gran apoyo en mi carrera. Me regaló mis primeros dos pares de zapatos, unos Adidas y luego unos Nike. Me ha colaborado mucho, siempre ha confiado en mí e incluso cuando estuve lesionado”. 

En 2015, en el Mundial de Menores en Cali, Anthony sale del anonimato y su nombre empieza a hacerse popular. Ganó con solvencia la serie semifinal de los 400 metros planos, pero en la final se quedó sin aire y llegó en la séptima plaza, tras un registro de 46.57 segundos, lejos de los 45.27 con que ganó la presea de oro el jamaiquino Christoper Taylor. 

Era el primer ensayo de Anthony, la primera vez que su nombre acaparaba portadas y la primera vez que concedía muchas entrevistas. Era apenas un aprendiz, pero con la mente y vitalidad de un campeón.

El rebelde Anthony

 Desde niño el dinero escaseó y Anthony, como hijo único de Miladis, buscó mil y una maneras de sobrevivir para llevar el sustento y colaborar en su hogar ante la ausencia de una figura paterna. Cargó bloques por 10 mil pesos un día entero, recicló chatarra, fue ayudante de construcción, laboró como mototaxista y a ratos manejó un bicitaxi. Hizo de todo antes de que sus pisadas saborearan la gloria en el atletismo. 

“Nosotros vivíamos en un barrio de Soledad y una vez un camión, que traía unos bloques, no podía llevarlos hasta su lugar de destino. Anthony, junto con otros niños de 10 años como él, escucharon eso y le dijeron al señor del camión que ellos llevarían los bloques. El señor les dijo que eran apenas unos niños, pero ellos siguieron mostrando el interés hasta que lo convencieron. Iban a pagarles 10 mil pesos a cada uno. Anthony quería unos zapatos, así que comenzó a cargar los bloques. Ellos duraron todo el día y nosotras, las madres de esos muchachos, nos tocó ayudarlos para que terminaran y se ganaran su platica. Él, al final, quería dármelo todo a mí, pero le dije que no y fue tanta su insistencia que nos tocó 5 mil y 5 mil”, recuerda Miladis, a quien muchas veces le tocó ajusticiar a su “rebelde” hijo a punta de chancleta.

“Una de las limpias que yo más recuerdo fue cuando me hice un tatuaje en el abdomen con el nombre de ella. Ese día le dije: ‘Mami, necesito decirte algo’. Ella me dice que qué era y le respondo que me hice un tatuaje. Ufff, ella estaba haciendo unas sopas y me ha lanzado la cuchara, pero salí corriendo tan rápido que me salvé y le pegó fue a la puerta (risas). Otras veces me pegaba era con una chancleta y yo salía corriendo. Ella, con esos ‘chancletazos’, me ayudó mucho para que fuera atleta (risas)”. 

Miladis, casi que con resignación, un día tuvo que negociar con su hijo el permitirle hacerse dibujos en su cuerpo. Hoy tiene más de 13 y uno de los que ella distingue es el de la corona con diamantes que tiene Anthony en su pecho con su nombre grabado. “Siempre que gana, se pega en su pecho y me tira un beso. Ahí sé que ese triunfo es para mí”, expresa.  

Entre luces y sombras

 “Yo gané todo lo que quise en el 2016 y lo perdí todo por cabeza loca, nunca había cogido tanto dinero. Ahí fue cuando aprendí que en los momentos malos uno sabe con quién cuenta y con quién no. Yo soy amante de la adrenalina y me compré dos motos. Las puse a correr en los piques de cuarto de milla. Yo no las corría, simplemente las arreglaba y las veía correr. Un día dijeron que yo me había accidentado en una moto y eso llegó a oídos del Comité Olímpico Colombiano y me quitaron el respaldo. Yo realmente me había lesionado y había tenido un esguince grado dos en el tobillo practicando, más no en una moto.

Ahí fue que comencé a entrenar más fuerte y con la mentalidad de callar bocas”.

Como una luz al final del túnel aparece el entrenador ecuatoriano Nelson Gutiérrez y el fisioterapeuta cubano Caridad Martínez. Zambrano, algo cabizbajo por su mal presente, se comunica con Gutiérrez y le plantea su deseo de entrenar con él y este le da el aval.

Anthony, que se había ido a Bogotá a entrenar y le tocó sobrevivir cocinándole a otros atletas por un plato de comida, decidió irse hasta Ecuador. Su travesía partió, por carretera, desde Bogotá a Cali, de Cali a Pasto y de Pasto al Ecuador. Duró casi dos días viajando, pero su camino se enderezó.

“Los conocí en el peor momento de mi carrera. Después del Mundial de Cali no tenía recursos y es ahí cuando los contacto. Nelson me dijo que tenía una gira por Europa y que me consiguiera el dinero. Lo conseguí y llegué hasta Ecuador. Allá comía un poquito de pollo, lo que sea para sobrevivir y después conseguí dinero prestado para ir a España. Al principio, con Caridad, porque estaba lesionado, hacía pura grama, pero les dije que quería correr. Nelson me dice que hay un certamen en Barcelona y que quiere verme. Ahí le demuestro que en la recta no me gana es nadie y me dicen que tengo sangre para competir. Yo tengo un ‘cambio’ en la recta que dejo a todos tirados. Yo no como de jamaiquino, de estadounidense, de nada”, agrega. 

Dulce presente

 Sin pelos en la lengua. Quienes conocen a Anthony Zambrano saben que así como en la pista no se guarda nada, a la hora de transmitir sus pensamientos, tampoco. Es franco con sus palabras y a veces su sinceridad no cae bien en otras personas. Por eso lo tildan de agrandado, pero él despeja ese comentario. “No soy ningún creído. Simplemente soy alegre. Soy loco, pero la gente toma el loco por el lado malo.

Yo soy mamador de gallo, pero centrado en mis objetivos. Ahora en Lima no gané nada, solo una experiencia más. Falta mucho por subir, mucho por ganar”. 

Anthony llegó a Barranquilla tranquilo, con la mente puesta en el Campeonato Mundial de Atletismo (del 28 de septiembre al 6 de octubre) y en los Juegos Nacionales de Bolívar, en noviembre. 

Quiere seguir creciendo y alcanzar la final en los Juegos Olímpicos de Tokio el próximo año. Por ahora,  acompañado de su madre, disfruta su momento. 

“Le demostré a Barranquilla y a Colombia que tienen un deportista muy valioso y muy guerrero. No le tengo miedo a nadie. Solo a Dios y a mi mamá que pega duro con la  chancleta (risas)”, concluye la joya del atletismo en el país.

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