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En Cartagena tuve la oportunidad de asistir a la premier de Policiaco sin crimen, la nueva película de Darío Vargas Linares. Antes de la proyección, conversé con él unos minutos, en ese momento previo en el que todo está por pasar.

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Vargas llega al cine con su primera película después de años moviéndose entre la publicidad, la comunicación y la televisión, construyendo historias para audiencias amplias. Es, además, hijo de Germán Vargas Cantillo, escritor, periodista y crítico literario barranquillero, parte del Grupo de Barranquilla, ese círculo de intelectuales que marcó una manera de contar y de pensar la cultura en el país.

Había expectativa, pero también calma. Afuera, el movimiento del festival; adentro, una conversación sin afán. Hablamos de la película, de cómo se construyen las historias y de ese punto en el que todo deja de estar bajo control y pasa a manos del espectador.

En algún momento sale Barranquilla. Le pregunto por su papá, por esa cercanía con el Grupo de Barranquilla, por ese mundo donde contar historias era parte de la vida. Él se acuerda de algo puntual. Dice que su papá, después de ver Los pájaros de Hitchcock, dijo que eso también era una “mamadera de gallo”.

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Hablamos de eso, de cómo se construyen las historias, de cómo se pueden torcer. Faltaban pocos minutos para la proyección y entramos a la sala. Yo también entré, con expectativa, tratando de ver cómo todo eso que me había contado terminaba tomando forma.

Un policial sin crimen. ¿Qué te interesaba realmente investigar: la historia o al espectador?

Qué buena pregunta. Porque el policiaco siempre arranca con un crimen, y ahí ya hay un spoiler incluido. Es muy raro ver un policiaco sin crimen. Lo que trata de hacer la película es cambiar el foco de la mirada y retar el género. Normalmente las mujeres son víctimas, son utilizadas como objeto de investigación, mientras los hombres son los que buscan, los que piensan, los que resuelven. Aquí tratamos de darle la vuelta a eso. Los hombres siguen siendo personajes que creen que la manejan toda, pero son las mujeres las que entienden el juego, las que usan la inteligencia y la estrategia para cambiar la historia.

En el noir clásico la verdad suele aparecer al final. En tu película, en cambio, se siente más inestable, más construida. ¿Por qué te interesaba trabajar la verdad de esa manera?

Porque la verdad tiene momentos. A lo largo de la película uno va descubriendo cuál es la verdad, o cuáles son algunas verdades. La historia define qué fue lo que pasó, pero lo interesante es cómo se construye esa idea de verdad.

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Cortesía

Aquí hay detectives buscando a alguien que podría no existir. ¿Es solo una apuesta narrativa o también una forma de hablar de cómo construimos verdades?

Yo creo que a lo largo de la película vamos descubriendo cuál es la verdad, o cuáles son una de las verdades, porque la película definitivamente define qué fue lo que pasó, qué fue el lío que armó Esperanza para convencer a los detectives de que procedieran a averiguar qué pasó con su abuelo.

Dices que toda película policial es un engaño. ¿Por qué hacerlo evidente?

Porque el género lo permite. Uno puede revelar cosas desde el comienzo y aun así sostener la historia. Eso es más difícil, pero también más interesante. Aquí no matan a nadie, no hay víctimas fatales. Eso ya es raro dentro del género.

Después de tantos años trabajando en televisión y construyendo historias, ¿por qué el cine aparece ahora?

No sé si es una pasión escondida, un sueño realizado. Esto empezó sin tener un final claro. Yo no sabía hacia dónde iba ni quiénes eran los buenos o los malos. La película se fue construyendo poco a poco.

¿En qué momento dejó de ser una idea lejana y se volvió una necesidad?

He citado mucho a Belisario Betancourt. Alguna vez le oí decir que él empezaba a escribir discursos con “colombianos y colombianas” y de ahí iba saliendo. Así empezó la película. Poco a poco.

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¿Hasta qué punto este policial dialoga con el periodismo, donde también se construyen relatos que otros creen?

Parte de la investigación está construida desde el periodismo: titulares, recortes, archivos. Ahí es donde se descubre un poco de qué estamos hablando.

En tu película, las mujeres no son víctimas. Son las que entienden y manejan la historia.

Sí. Normalmente, en el policiaco, las mujeres son las víctimas, las golpeadas, las que sirven como objeto de investigación. Aquí tratamos de darle la vuelta a eso. Los hombres siguen siendo personajes que creen que la manejan toda, pero son las mujeres las que usan la inteligencia y la estrategia para cambiar la historia.

¿Te interesaba desmontar el noir o la forma en que el cine ha mirado a las mujeres dentro de ese género?

Transformarlo. El personaje está inspirado en la femme fatale clásica, pero aquí no es eso. Aquí las mujeres son estrategas. Son fundamentales en la historia. A mí me divierte ver a las mujeres mandando. En muchos casos, lo hacen mejor que los hombres.

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Cortesía

Esa mezcla de años 60, cómic y noir, ¿es nostalgia o una forma de decir que las historias siempre se reciclan?

A mí me gusta trabajar en otras épocas. Si uno se queda en lo actual, parece que todo tiene que ser narcotráfico, violencia, lo obvio. Y no. Prefiero moverme en otros tiempos.

Pensando en tu papá, en esa generación del Grupo de Barranquilla, ¿qué crees que habría pensado de esta película?

Ayer pensaba en eso. ¿Qué pensaría mi papá? Y seguramente habría dicho: “miércoles, Darío está dirigiendo películas”. Y es que hay algo que es muy barranquillero, que es la mamadera de gallo. Mi papá, por ejemplo, después de ver Los pájaros de Hitchcock, dijo que eso también era una mamadera de gallo. Y el cine noir, el de los años 40 y 50, también tiene algo de eso. Como La langosta azul, de Cepeda Samudio. Como algunas cosas que hizo Luis Ernesto Arocha en Barranquilla. Son películas que juegan, que no se toman del todo en serio, que llevan al espectador. Y esta también tiene algo de ese espíritu.

¿Buscas que el espectador salga con certezas o que quede confundido?

El espectador tiene que salir con una certeza de qué fue lo que pasó. Pero también tiene que jugar, poner de su parte. Aquí la historia se devela por la inteligencia, no por la violencia. Yo creo que si el espectador sale confundido, fallé. El final es claro.

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Y en la sala todo parece claro por momentos, pero la historia se va acomodando distinto a medida que avanza. Y en ese juego —entre pistas, decisiones y miradas— está la apuesta de Darío Vargas, una película que deja al espectador armar lo que ve.