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Hay películas que se ven y películas que se habitan. Y luego está lo que hace Oliver Laxe. El cineasta franco-gallego regresa a la cartelera con una propuesta que no busca el aplauso fácil, sino la sacudida interna. Sirât no es solo una historia sobre un padre buscando a una hija; es una experiencia sensorial que te agarra por las solapas y te suelta dos horas después en medio de la nada, con el corazón galopando al ritmo de un bombo electrónico y la certeza de que algo dentro de ti ha cambiado.

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En esta película, un hombre, interpretado por un inmenso Sergi López, y su hijo (Bruno Núñez) se adentran en las montañas del sur de Marruecos. Buscan a Mar, la hija y hermana que desapareció hace meses tragada por la vorágine de una rave (fiesta de música electrónica) interminable.

Con el respaldo de un Premio del Jurado en el Festival de Cannes 2025 y la reciente noticia de sus dos nominaciones a los premios Óscar, Sirât aterriza este jueves en los cines, cargando con la etiqueta de ser la obra más radical y a la vez más abierta de su director.

El puente sobre el abismo

Para entender la película hay que empezar por el título. Laxe, que siempre ha transitado esa delgada línea entre lo terrenal y lo místico, explica: “Me interesa el significado corriente de la palabra Sirât, que se traduciría como camino o vía”. Pero no es una carretera común y corriente sino que es “el puente que une infierno y paraíso”.

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Ese puente es el que tiene que cruzar Luis, el personaje de Sergi López. Un tipo normal, con esa pesadez de quien ha vivido siempre en la zona de confort, alejado de los peligros reales. La desaparición de su hija es el empujón que lo tira al vacío. “La vida te pide que cierres los ojos y cruces un campo plagado de minas”, reflexiona Laxe sobre el viaje de su protagonista. Y es ahí, en esa situación límite, donde el ser humano deja de fingir.

Vivimos tiempos extraños, desequilibrantes, donde nos cuesta cambiar el rumbo por mucha buena intención que tengamos. La película plantea que, a veces, solo el impacto brutal contra la realidad nos despierta. Es una “dureza inevitable y afirmativa”, asegura el director, porque ese tocar fondo feroz es lo único que destruye el ego y nos prepara para “bailar con la eternidad”.

Quim Vives/Cortesía Cineplex

Una comunión de cicatrices

El escenario elegido para esta transformación no es un templo silencioso, sino el caos polvoriento de las raves en el desierto. Lejos de juzgar a estos nómadas del ritmo, la cámara los retrata con una ternura inusual. Laxe encuentra belleza en esos cuerpos que bailan hasta el amanecer porque ve en ellos verdad. “Me gusta de los ravers que muestran sus heridas de manera descarnada”, confiesa.

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En Sirât, la fiesta es un refugio para los rotos. “Una comunión de mutilados”, define el realizador. Los personajes que Luis y su hijo encuentran en su búsqueda son frágiles, saben que son pequeños ante la inmensidad del paisaje, pero se cuidan entre ellos sin juicios.

Aquí es donde entra en juego la maestría de Sergi López. Necesitaban a un actor con muchas horas de vuelo, capaz de sostener una caída emocional de tal envergadura, pero que mantuviera la sencillez. Laxe se deshace en elogios hacia su protagonista: “Ha sido muy delicado y generoso con todos nosotros, y muy especialmente con el resto de actores que no tenían experiencia previa”. Esa mezcla entre el oficio de López y la vulnerabilidad real de los actores no profesionales genera una energía en pantalla que es difícil de fingir. Como bien cita el director recordando a Rumi, “los corazones rotos son los más bellos, ya que pasa la luz a través de sus fisuras”.

Quim Vives/Cortesía Cineplex

Ver la música, oír la imagen

Si la historia te golpea, el sonido te envuelve. Sirât es una bestia técnica diseñada para ser vivida en una sala de cine. No es una película para ver en el móvil mientras vas en el metro. La colaboración con el músico electrónico Kangding Ray ha llevado el diseño sonoro a otro nivel.

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La intención era ambiciosa: que la narrativa se disolviera en texturas. “Buscaba hacer un viaje desde el techno más rabioso, descarnado y mental, al ambient más depurado y trascendental”, explica Laxe sobre la evolución sonora del film. A medida que los personajes se adentran en el desierto, la película se desmaterializa. La imagen en 16mm parece vibrar al unísono con la distorsión de la música.

El resultado es un paisaje sonoro que respira con las localizaciones. Se buscó potenciar la materialidad hasta el punto de “ver la música y oír la imagen”. Es un experimento sensorial que justifica por sí solo la entrada al cine. Kangding Ray, conocido por sus esculturas sonoras de techno hipnótico y ritmos futuristas, ha creado una banda sonora que ya le ha valido una nominación a los Globos de Oro.

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