El Heraldo
Opinión

Reflejos

Con el paso de los años vi reflejos que brillaron, otros que insinuaron y unos que partieron. Esa mañana vi un reflejo extraño y no fui ajeno, mientras todo transcurría vi un reflejo encapsulado, repetido, capturado con secuencias desgastadas del pasado, queriendo ser tan fresco y avivado como un reflejo nuevo, o uno grato. 

Entro a la sala de reuniones después de haber recorrido el pasillo que conecta los dos bloques de oficinas, uno, apenas maquillado con barnices y texturas del presente. La alfombra azul ha sido reemplazada por una laminilla que imita ser madera, aun así, todo tiene forma de pasado. El mobiliario se ha hecho mixto, algunas sillas de plástico y aluminio contrastan con los mismos tres sofás de cuero de antaño, con la piel cuarteada, con la memoria en sus costuras y sonido de los viejos teléfonos conmutables de cables enredados y líneas congestionadas, aun tratando de palpitar. Camino y observo el sillón de la antesala, recuerdo que muchas veces me senté allí a esperar, cargado de ilusión y expectativa, otras tantas, un poco menos joven, colmado de positivismo y esperanza y, un par más, con algo de confusión y aturdimiento pisando ya la realidad, como aquel que ha visto la película seis veces y sabe perfectamente cuál es su final. 

Hoy lo observo todo más tranquilo, ha pasado el tiempo y con él muchos caminos, no somos los mismos que dormimos en el ático siendo niños. Detengo entonces mi mirada en el módulo contiguo, el “nuevo”, el que siempre trató de ser novedoso, pero nunca pudo, hoy, se sigue viendo idénticamente igual a su vecino, con otras ropas, pero con el mismo perfume. 

El cristal que rodea la sala está parcialmente empañado, no es el clima, es la bruma. El reflejo de los hombres en sus esquinas suelen ser su luz, o la opacidad de sus siluetas. Siempre llamaron mi atención los reflejos, los del vidrio y el espejo, los del agua y de la vida, cada vez que veía uno, en él me distraía, me ocupaba tratando de entender cómo se producía, como se formaba y como se alteraba.

Con el paso de los años vi reflejos que brillaron, otros que insinuaron y unos que partieron. Esa mañana vi un reflejo extraño y no fui ajeno, mientras todo transcurría vi un reflejo encapsulado, repetido, capturado con secuencias desgastadas del pasado, queriendo ser tan fresco y avivado como un reflejo nuevo, o uno grato. Me perdí de nuevo en ello, en su figura y su lenguaje y vi un reflejo en guerra, incómodo, sin serenidad, en agonía y sin querer seguir siendo reflejo.

Recordé entonces un poema Bengalí, en el que el gran poeta Vaisnava, decía: “cuando un hombre está poseído por fantasmas solo puede hablar tonterías. De igual manera, todo aquel que se halle bajo la influencia de la naturaleza material debe considerarse que está poseído, y todo lo que hable, será una tontería”

Lo que allí pasaba siempre había sido eso, el eterno encuentro con hombres educados y civilizados, que se sienten orgullosos de vivir plagados de ansiedades y deseos limitados. 

Se puede regresar, se pueden revisitar algunos pasos, pero no se puede ser el mismo, menos, después de todo lo vivido.

“Nadie se baña dos veces en el mismo río” decía una máxima filosófica. 

En un mundo que grita un nuevo diálogo se agotan los espacios para discursos adheridos al reflejo del pasado. Es imperante no ser el mismo, se acabaron la materia y la razón, solo la esencia de las cosas y no la apariencia de los bienes, del poder o la influencia, logrará conectarnos con el conocimiento aproximado a lo justo y a lo bello, a lo sano y necesario y esto aplica al individuo, a la salud, a la educación, las industrias, las familias, y por supuesto, también a los estados.

 

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