“Todo ha de perecer, excepto su rostro” cita un bello aparte del Corán, libro que contiene la palabra de Dios para los musulmanes.
Esto significa que todo el universo con todas sus formas físicas perecerá algún día, que todo hará parte de la desaparición y todo irá a parar a la nada, excepto la esencia, la cual, es considerada en relación con el rostro, el principal atributo de la existencia.
Recordar al hombre en vida por sus logros y hallazgos hace parte de una costumbre válida por supuesto. Se le da relevancia y reconocimiento a las labores que amplifican los empeños, las luchas y los esfuerzos. Es una manera de honrar y agradecer los aportes a la sociedad. Las letras se hacen mayúsculas y también los honores para describir con hechos tangibles los pasos, el camino recorrido y el legado.
Pero hay quienes aún, cumpliendo con esas características, nada menores, logran poner de presente algo más. Algo que va más allá, que traspasa velo, que atraviesa la ventana. Aquellos que por alguna condición especial entendieron que el rostro que jamás se desdibuja ni se olvida, es el que lleva la esencia impresa en cada poro.
La esencia es lo eterno, todo lo que perdura, lo que trasciende, lo que más recuerdo, es memoria. Lo que se hace memoria. Ese hilo invisible que conecta el cuerpo con todo lo que nos hace irrepetibles, esas pequeñas maneras íntimas de relacionarnos con el espacio y con el destino, que nos pueden hacer sencillamente inolvidables, es toda la belleza, la bondad, el carisma, todo lo hermoso y bueno, la fuerza moral, la honradez, la decencia, la credibilidad, la capacidad de conmover los sentidos, de abrazar la vida, las cualidades estéticas del alma, la sencillez, la ausencia de ornamentos y adornos, también las virtudes imperceptibles como la justicia y la templanza, sin olvidar nunca la ternura y la alegría, la dulzura y la verdad.
Hace algunos días le dimos el último adiós a Julio E. Sánchez Vanegas, reconocido precursor y pionero de los medios de comunicación en nuestro país, a quien tuve el privilegio de conocer y disfrutar, de quien recibí cariño desprevenido a través de los muchos encuentros que el destino nos permitió, y a través, claro, de su hermosa familia, la cual llevo en mi corazón, respeto y quiero profundamente.
La partida de Don Julio, como le llamábamos, avivó en mí el recuerdo de la cita con la que inició este escrito, pues creo que se ajusta ciertamente a lo que de él conocí.
Sus logros, legados y aportes fueron innumerables, pero había algo en él que advertía un elemento de mayor significancia: su esencia.
Hombre noble y soñador, visionario, siempre sonriente, con un sentido del humor maravilloso, afable, cercano, amable, siempre dispuesto, alegre, respetuoso, justo, sin arandelas ni maquillajes, sin agendas, sencillo, amigo, bondadoso.
Esas facultades humanas, tan valiosas, necesarias y escasas son propias de almas generosas que trascienden, esas mismas facultades se vieron reflejadas en su capacidad de crear y realizar todo lo que soñó y en la hermosa y amplia posibilidad que brindó a todas sus audiencias en su momento, de disfrutar y conocer lo que parecía estar lejos y distante: el mundo.
Y fue su mundo, sin duda, un mundo lleno de esencia, de esencia clara, razón por la cual su rostro permanecerá en la memoria de todos por siempre.








