Pékerman no era Supermán ni Pokémon. Sí, de acuerdo, aunque nos haya salvado (por fin) de más frustraciones en las eliminatorias (ya teníamos 16 años en eso) y nos condujera a dos mundiales consecutivos (con buenas participaciones en ambos), tampoco hay que considerarlo un superhéroe. No es para tanto, pero tampoco fue un villano que vino a destruir el fútbol colombiano con ‘maldad’ e ‘ignorancia’. Ni lo uno ni lo otro.
Fue un entrenador que llegó en un momento difícil, pero con su sapiencia, experiencia, manejo y discreción, supo darle la vuelta al combinado patrio y devolverle el protagonismo internacional que tanto se anhelaba. Mejor dicho: fue más ángel que demonio. Hay más para agradecer que para lamentar. Eso está claro, eso es innegable, eso es indiscutible, por mucho que ahora, en medio de los buenos resultados de Queiroz en su génesis en la Selección, algunos pretendan tergiversar la historia y hacer ver, de manera injusta y ridícula, que el veterano timonel argentino era un charlatán y todo lo que había era el apocalipsis.
Para nada. Con defectos y virtudes, con aciertos y desaciertos, con luces y sombras, como cualquier técnico en cualquier proceso, Pékerman dejó un rastro perdurable que le está sirviendo al portugués para hacer su propio camino.
Ya ese proceso terminó. Ya se emprendió un nuevo ciclo de la mano del trotamundos luso que marcha sobre ruedas, afortunadamente, y que no hay que compararlo, por lo menos no por ahora, con el anterior, que se extendió por casi ocho años.
Queiroz ya está demostrando que es un técnico de categoría, con conocimiento y recorrido, pero tampoco exageremos ni creamos que él sí es ‘QueIron Man’ que ha venido a Colombia para descubrir el fútbol. Se llama Carlos Queiroz, no Clark Kent.
No hay infalibles en el deporte, no hay perfección, no hay invencibles. Muchos elevan ahora desmedidamente a Queiroz con el solo afán de echarle agua sucia a lo hecho por Pékerman. Por más que traten de enlodarlo, ahí seguirá su huella, es imborrable.








