El Heraldo
Opinión

Discutidores de marzo

A Gabo le fascinan, en cambio, los enigmas insolubles, cuyo desciframiento escapa a las soluciones fáciles de la razón.

Mañana es el cumpleaños del más famoso de los miembros del «Grupo de Barranquilla», la mítica pandilla que, a mediados del siglo pasado, sin lanzar una sola piedra bajo la lluvia, transformó para siempre el campo de las letras en Colombia. No deja de ser una curiosidad, acaso prevista por Melquíades, que nacieran en marzo los cuatro discutidores de Macondo: Gabriel (6), Germán (22), Alfonso (23) y Álvaro (30).

Se cumplen, así mismo, cuarenta años de la publicación de Crónica de una muerte anunciada, la breve y tensa novela que le puso el Nobel en las manos a Gabito, la cereza del pastel, la que no quería publicar hasta que cayera Augusto Pinochet. Hace unos días, me impuse la terrible penitencia de ver de nuevo la película de Francesco Rosi. Tuve que volver al libro para mitigar el sabor del esperpento.

La novela, en cambio, es una deliciosa expresión de periodismo y literatura, «ficción de archivo», adivinanza del mundo, engranaje de refinada precisión, de incesante belleza, «como un temblor de agua dentro de un cristal», que nos deja absortos, con una sola certeza frente al horror:

Si Plácida Linero hubiera interpretado los augurios, si el policía no hubiera sido un lacayo del alcalde y el alcalde un lacayo del obispo, si los santos doctores de la Iglesia no hubieran ubicado todo el peso de la honra en una delgada membrana femenina, si la joven «mancillada» no se hubiera llamado Ángela ni su madre Purísima, ni su padre Poncio ni sus hermanos Pedro y Pablo, si Bayardo no hubiera sido una mezcla de narco y caballero medieval, si su padre no hubiera sido un generalísimo de la godarria, en fin, si no hubieran tenido lugar las numerosas casualidades encadenadas que hicieron posible la infamia, de todas formas Santiago Nasar no habría podido escapar a su destino, como no pudo Cayetano Gentile eludir los cuchillos de los hermanos Chica, ni César cuidarse de los Idus de marzo, ni aquel rey de Tebas eludir lo inexorable.

No vislumbran el enigma central de la novela quienes, apelando a la razón, insisten en descifrar «el enigma señuelo» de la virginidad perdida. En una Jirafa titulada «Misterios de la novela policíaca», publicada en EL HERALDO en octubre de 1952, Gabito confirma que le desagradan los enigmas clásicos propios de las novelas policíacas. Según piensa, «el mejor enigma detectivesco se derrota a sí mismo porque lo extraordinario de él, que es precisamente lo enigmático, se destruye invariablemente con una cosa tan simple y tonta como lo es la lógica».

A Gabo le fascinan, en cambio, los enigmas insolubles, cuyo desciframiento escapa a las soluciones fáciles de la razón. En una novela en la que impera la violencia física o simbólica, donde todos son víctimas, victimarios y cómplices, acusar en una u otra dirección constituye una frivolidad, tanto como aprender espiritismo por correspondencia, como hace el alcalde, que para más señas se llama Lázaro. La moral católica, en su virulenta mutación hispánica, es en realidad el gran significante de un «pequeño ambiente» consagrado al pecado y a la culpa, donde la vida ha terminado por parecerse a la mala literatura. La solución para una novela así debía llegar de un lugar inesperado, debía corregir los errores de esa cosa rara y cruel que llamamos «realidad»:

—Bayardo volvió a buscar a Ángela Vicario —dijo el Nene Cepeda a Gabito frente al mar de Sabanilla—. Están viviendo juntos en Manaure. Viejos y jodidos, pero felices…

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