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Opinión

#21AñosdeImpunidad - Jaime Garzón

Seguramente lo que más levantó ampolla entre los señores de la guerra fue el rol de Garzón como defensor de los derechos humanos.

Ayer conmemoramos 21 años del vil asesinato de uno de los hombres más brillantes que ha tenido Colombia: Jaime Garzón. Uno podría escribir libros enteros sobre Jaime, pero en esta breve columna me limitaré a plantear 4 reflexiones.

 Primero, su gran dominio del humor como medio o instrumento para hacer pedagogía política, llevar un mensaje y sentar una posición frente a la realidad del país lo llevaron a crear programas como Zoociedad o Quac, que tenían una base crítica y de denuncia frente a la violencia, la corrupción y la clase dirigente nacional; además, al interpretar personajes como Diocelina, Néstor Eli o el gran Heriberto de la Calle, no solo pudo denunciar a los poderosos, sino también alcanzar a millones de ciudadanos de la clase media y popular apática y desencantada de la política, y despertar en ellos interés por los asuntos políticos del país.

Segundo, seguramente lo que más levantó ampolla entre los señores de la guerra fue el rol de Garzón como defensor de los derechos humanos, intercesor en las liberaciones de los secuestrados por la guerrilla, y facilitador en los intentos de procesos de paz con las Farc y el ELN; su activismo lo llevó a proponer y facilitar lo inimaginable para el contexto político de la época, por ello fue catalogado como objetivo militar por las alas de la extrema derecha, agentes del Estado y paramilitares descontentos por su constante denuncia de vulneraciones de los derechos humanos por parte de todos los actores del conflicto armado, incluyendo las guerrillas, los narcotraficantes y las milicias paraestatales.

Tercero, las múltiples sombras detrás de su muerte que fue organizada por 3 sectores: el primero de paramilitares comandados por Carlos Castaño, Don Berna y la banda de la terraza; el segundo integrado por miembros del Ejército, la  Policía y el DAS (cabe señalas las investigaciones adelantadas por la Fiscalía General de la Nación, a través de su Unidad de Análisis de Contexto, en la que señalan como participantes  y buscan establecer la responsabilidad en los hechos de Plazas Acevedo, coronel del Ejército del arma de inteligencia, al General Santoyo de la Policía, hoy investigado después de pagar su sentencia por narcotráfico en Estados Unidos, y al ex director de inteligencia del Das, José Miguel Narváez, quien fue condenado a 26 años de cárcel), y el tercer sector compuesto por políticos de la extrema derecha que fueron los principales determinadores del magnicidio y que sostenían tenían buenas relaciones con los dos actores ya mencionados.

 Cuatro, si bien hoy el país está mejor que en 1999, actualmente continúan las masacres, el asesinato de líderes sociales, la persecución, amenazas y chuzadas por parte de agentes del Estado a políticos de la oposición, defensores de derechos humanos y periodistas, tal como lo hicieron con Jaime Garzón hace 21 años; según datos de la Flip y la SIP tan solo en 2019 fueron registrados 515 ataques que afectaron a 635 periodistas, y el Centro de Memoria registra que entre 1978 y 2015 han sido asesinados 153 periodistas. Pese a todo este contexto complejo, el mensaje y el legado de Jaime trascendió generacionalmente como él siempre lo soñó, dejando múltiples enseñanzas para la vida política y colectiva.

En mi caso, como analista y defensor de los derechos humanos, siempre llevo este mensaje de los indígenas Wayuu que Jaime difundió con tanto esmero: “Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie, ni hacerle mal en su persona, aunque piense o diga diferente”. Gracias Jaime por tanto y esperamos no llegar a 25 años de impunidad.

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