El vicepresidente es, sin duda, un as bajo la manga dentro de cualquier campaña presidencial. Las cartas están sobre la mesa y hoy tenemos la oportunidad de escoger, por medio del voto, entre diversas voces que representan distintos sectores del país: desde la representante de los pueblos indígenas, pasando por el vocero de la diversidad Lgbtiq+, hasta la académica experta en educación o el economista especializado en impuestos. Algunos tienen experiencia comprobada; otros, apenas promesas.

Sin embargo, la realidad es que, después del 7 de agosto, los vicepresidentes pasan a un segundo plano. Algunos han llegado al cargo para “vivir sabroso”; otros, para servir de escuderos, como Sancho lo hacía con el ingenioso hidalgo.

Para el 30 de mayo están listos los candidatos que disputarán la primera vuelta, cerrando el espacio y la distancia que los separa de la Presidencia de la República. Las encuestas, los votos, las campañas y las especulaciones serán el pan de cada día hasta el escrutinio final de la segunda vuelta, y sus efectos se sentirán durante los próximos cuatro años, gane quien gane.

Todos los candidatos han destapado sus cartas, y la realidad es que tendremos que escoger entre la izquierda, la derecha y sus múltiples divisiones. Hay “therians”: el tigre, la paloma y unos cuantos marsupiales; pocos son los académicos, pero los hay, sobre todo en el centro.

Alguna vez entendí que un pueblo inculto se sumerge con facilidad en la pobreza y en la opresión si no sabe elegir a sus gobernantes. La historia está ahí, en el pasado y en la memoria colectiva, pero el olvido borra todo. Los errores aparecen en el camino, pero no deberían repetirse una y otra vez.

Los derechos humanos garantizan el libre desarrollo de la personalidad, y la política colombiana parece ejercer esa libertad sin límites. Somos un pueblo único, con recursos que muchos países quisieran: ríos, valles, montañas, petróleo, oro, esmeraldas, carbón, artistas, ritmo y una gastronomía envidiable. Pero de nada sirve tanta riqueza si no tenemos responsabilidad política ni social.

Somos tolerantes con la corrupción, ingenuos ante el engaño político e irresponsables a la hora de elegir. Y, para completar, padecemos la falta de líderes de talla internacional. Los que tenemos, en muchos casos, tienen la intención, pero no la capacidad de lograr una verdadera transformación. Somos originales, sí, pero también somos responsables del futuro que estamos construyendo. Antes de decidir por quién votar, pidámosle al Creador que nos ilumine. Revisemos las hojas de vida, la experiencia y los programas de gobierno. No caigamos en la simpleza de elegir por llevar la contraria entre izquierda o derecha. Que la decisión sea por lo mejor para el país.

Porque, al final, elegir no es un juego, y cada voto define si nos condena o nos salva.

@oscarborjasant