Columnas de opinión |

Políticos

Resulta muy triste enterarse de las noticias que llegan de Cartagena, relacionadas con unos decepcionantes casos de clientelismo y corrupción revelados por unas conversaciones entre algunos aspirantes a cargos públicos en esa región. Triste, sin duda, aunque no sorprendente. Hace ya muchos años que el ejercicio de la política en nuestro país se limita a ser un intercambio de intereses que muy poco tienen que ver con las promesas que los candidatos vociferan durante sus campañas. Lo que ha cambiado en estos últimos tiempos es que ahora nos enteramos, de manera directa e incontestable, del nivel de descaro que llegan a tener quienes ven al Estado como una cuenta de ahorros personal. Es como cuando a una persona le revelan una infidelidad amorosa, una cosa es escuchar la historia y otra cosa es ver las fotos. Lo segundo afecta más.

Veo muy pocas opciones para salir de este lamentable círculo vicioso. No basta con invitar a votar bien (sea lo que sea que eso signifique), en muchos lugares no hay ningún candidato medianamente competente, ni lo ha habido por décadas, siendo todos diferentes estrofas de la misma canción. Tampoco es suficiente el llamado a la protesta pacífica, quienes están enquistados en el poder han aprendido a despojarse de escrúpulos o vergüenzas, así que tienen ya una coraza impenetrable contra tales ataques. Ni pensar en revoluciones o levantamientos violentos, usualmente quienes los promueven lo único que quieren son los privilegios de aquellos a quienes atacan, pocas veces hay un sincero deseo de arreglar lo dañado, la mentira está presente en todos los bandos.

Creo que los ciudadanos debemos reconocer que buena parte de lo que está sucediendo es nuestra culpa. Con una indolencia inexplicable le hemos entregado un gran poder a quienes representan al Estado, mucho más del que se podría entender razonable. Pareciera que hemos puesto en sus manos todo nuestro destino, propiciando entonces una actitud de indefensión, casi de sometimiento, en la que estas personas —los gobernantes y los funcionarios públicos, elegidos o no popularmente— reclaman entonces veneración y obediencia sin fin. Por eso se sienten dueños de todo, repartiéndose impúdicamente secretarías, instituciones o incluso ministerios. Nada más sintomático de nuestro fracaso que esa expresión que pregunta de “quién es” tal o cual oficina estatal, como se evidenció en las desagradables conversaciones que he mencionado.

Los cambios importantes no son milagrosos, requieren compromiso y persistencia. No veo prontas soluciones a este embrollo, pero considero que podemos empezar a construir una convivencia más sana entre nuestro Estado y los ciudadanos. Lo primero es dejar de culpar a los políticos de todo lo que nos pasa y más bien quitarles responsabilidades. No más ministerios, ni secretarías, ni institutos, y poco a poco establecer un marco social que entregue a las personas las riendas de sus vidas. Solo así, con ciudadanías independientes, podrá volver la esperanza.

moreno.slagter@yahoo.com

 

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