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Barranquilla y el miedo al crimen

Las personas para protegerse en sus hogares recurren a colocar cerraduras especiales, enrejar las casas, disponer de perros o armas. Los más pudientes instalan circuitos cerrados de televisión, vidrios de seguridad, y hasta se recurre a conductas metafísicas, como encomendar el hogar a la Virgen o a un santo.

La ciudad está retornando lentamente a la normalidad económica: se empiezan a abrir centros comerciales, salas de cine, bares, restaurantes, que reinician actividades. También han vuelto a las calles problemas como la comisión de delitos más frecuentes y más violentos. Así, al salir no solo se siente el temor al contagio de la covid-19, crece asimismo el miedo a ser víctima de un delincuente.

El crimen no es solo un tema de seguridad, también lo es de salud pública; y el miedo que genera en la comunidad se caracteriza por una reacción emocional de ansiedad ante la posibilidad de ser víctima. Y a símbolos que las personas asocian con el delito, como la ausencia del derecho a la alimentación, la salud, la educación y el empleo en un amplio sector de la población.

Muchas personas salen a las calles con un sentimiento de ansiedad y peligro ante la posibilidad de sufrir una lesión física o la pérdida de cualquier propiedad personal.

La imagen de la delincuencia suele asociarse con delitos de asesinatos, robos, violaciones; sin embargo, estudios de la Universidad Nacional muestra que los más frecuentes son los delitos contra la propiedad.

Las personas para protegerse en sus hogares recurren a colocar cerraduras especiales, enrejar las casas, disponer de perros o armas. Los más pudientes instalan circuitos cerrados de televisión, vidrios de seguridad, y hasta se recurre a conductas metafísicas, como encomendar el hogar a la Virgen o a un santo.

Según las encuestas, el alcalde de Barranquilla tiene una alta favorabilidad. Esto no significa que las cosas estén bien. La crisis económica derivada de la pandemia ha golpeado muy fuerte a la población más vulnerable y, como señala el presidente Duque, son millones los jóvenes que no tienen la oportunidad de estudiar y trabajar, sumado a un Estado que todo lo enreda frustrando los emprendimientos. Como señala el alcalde de Armenia, “en Colombia es más fácil crear un grupo armado que crear una empresa, por esto es muy expedito reclutar gente para las acciones criminales”.

Son los mandatarios locales los que tienen mayores posibilidades de hacer más segura la vida de sus habitantes. Desgraciadamente la perspectiva es “si quieres más seguridad, tendrás menos libertad”. Esta dicotomía no es siempre verdadera: no bastan legislaciones restrictivas, ni aumentar las penas a los delitos, ni la intervención exclusiva de los organismos policiales, ni mejorar la eficiencia de la justicia. Esa es una parte del control social, pero si no se generan programas de inclusión social, especialmente dirigidos a jóvenes, la delincuencia siempre tendrá un ejército de reserva para ampliar su violencia.

No son estos los tiempos para soñar con proyectos faraónicos: vivimos una emergencia sanitaria y social, por lo que todos deberíamos hacer un esfuerzo para reducir el hambre que hoy sienten muchos habitantes de la ciudad, y crear opciones desde los Gobiernos locales hacia la juventud. Creo que este es el mejor camino para controlar el delito y hacer la vida de los habitantes más segura.

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