Debo partir reconociendo mi gran equivocación. Durante el encierro, producto de la pandemia del covid 19, pensaba que de toda esta tragedia aprenderíamos lecciones que nos permitieran reconocer el valor de la ciencia, y la necesidad de construir una sociedad más amigable entre nosotros y con el medio ambiente.
Si observamos el mundo en general, y nuestro país en particular, nos damos cuenta que vivimos tiempos convulsivos, conflictos bélicos, sanguinarios odios, miedos, intolerancia, manipulación y desconfianza hacia las instituciones.
En el estudio de los trastornos mentales hay un concepto que se denomina “ideas sobrevaloradas”, que es un tipo de trastorno que ocurre cuando nuestros pensamientos son dominados por las emociones —especialmente el odio y la ira—, que llevan a estrechar la mente, aceptando solo como verdadero lo que coincide con lo que sentimos. Es una forma de fanatismo extremo que nos lleva a rechazar al que no piensa igual que yo.
Estas ideas sobrevaloradas pueden llevar a las personas sanas al delirio. Pero también hay que decir que estas son más frecuentes en personas que presentan algún estado de ansiedad o depresión. Hay que repetirlo hasta el cansancio: la situación de salud mental después del covid ha sido desastrosa para la humanidad. Los únicos que ganan son los fabricantes de psicofármacos y los narcotraficantes.
Nuestra estrechez mental —producto de la carga emocional—, nos hace odiar al otro, al diferente. Se odia a Petro o se odia a Uribe, y a lo que ellos representan; así el país se va dividiendo entre buenos y malos, y no es solo culpa de las redes sociales. El día que no hay una denuncia de corrupción los medios la inventan, y la verdad es lo que yo quiero creer, no lo que realmente ocurre. Se inventan cada día nuevas mentiras que enardecen los odios.
Cuando un sentimiento poderoso nos invade, ocupa todo el espacio de nuestra mente y gran parte de nuestro tiempo. Los humanos podemos llegar a amar o a odiar con una intensidad inimaginable y nos empecinamos en nuestras opiniones, especialmente cuando no están razonablemente justificadas. La vieja frase: “El general tiene la razón, especialmente cuando no tiene la razón” es válida para todos nosotros.
Estas semanas se percibe un estado de ánimo muy desagradable y una marcada incertidumbre. Muchos estamos cansados de las posiciones extremas, del miedo, de ver todos los días cómo un ejército poderoso masacra mujeres y niños en Palestina; cómo rusos y ucranianos se matan sin contemplación y cómo asesinan a sangre fría a jóvenes soldados y policías en nuestro país.
A pesar de todo, tengo la esperanza de que la sensatez termine equilibrando nuestras emociones. A quien se le calienta la cabeza tenga la seguridad de que termina siendo un tonto útil, que se deja manipular por los de cabeza fría. ¡Que no le pase a usted!